“Tesoro de la lengua castellana, o española”

Rosalía Aller Maisonnave


… esta obra de las Etymologías ha de dar noticia a los estrangeros del lenguage Español, y de su propiedad y elegancia,

que es muy gran honor de la nación Española…

Baltasar Sebastián Navarro de Arroyta

Más de cuatro siglos han transcurrido desde que Sebastián de Covarrubias titulara así su magna obra, considerada el primer diccionario de la lengua española, donde rastreaba la etimología de unas once mil palabras castellanas. Y en su carta preliminar al erudito glosario, Baltasar Sebastián Navarro de Arroyta dejaba para la posteridad la afirmación que hemos tomado por epígrafe. Si ya avanzado el siglo XXI nos asombra que en el XVII fuera preocupación de sabios dar a conocer a “extrangeros” el español, “su propiedad y elegancia”, y que contar con esta lengua inconmensurable fuera “muy gran honor de la nación Española”, hemos perdido la perspectiva.

La clara conciencia del valor patrimonial de nuestra lengua no se iniciaba en 1611. Si bien sus antecedentes escapan a la brevedad de un artículo, el “román paladino, en qual suele el pueblo fablar a su veçino”, empleado por Gonzalo de Berceo en el siglo XIII, se había ido abriendo camino en textos de propósito literario a través de las jarchas, canciones tradicionales en mozárabe que cerraban las moaxajas, composiciones poéticas del Ándalus escritas en árabe o hebreo, que se remontan al siglo XI, según afirma Rafael Lapesa, en Historia de la lengua española. Si bien no se conservan textos literarios de esta época en los Estados cristianos, sin duda existirían poemas heroicos, canciones líricas tradicionales y poesía vulgar. La llamada entonces por los letrados, peyorativamente, “habla rústica”, sería considerada, hacia mediados del siglo XII, “nostra lingua”, y gradualmente el aprecio de que gozaba iría creciendo, en coincidencia con la escritura de los textos más antiguos que han llegado a nosotros, en particular el Cantar de Mio Cid, compuesto hacia finales del siglo XII.

El rey Alfonso X, justamente llamado “el Sabio”, había visto el valor que su padre, Fernando III, otorgaba a la lengua romance, aún arcaica, al generalizar su empleo en documentos notariales y cancillerescos, en sustitución del latín. Mucho más avanzaría Alfonso al participar activamente en la magna labor de la llamada Escuela de Traductores de Toledo, donde cristianos, musulmanes y judíos compartían saberes, en una convivencia cultural que sigue siendo ejemplar:

El rey faze un libro non por quel él escriva con sus manos mas porque compone las razones d’él e las emienda et yegua e endereça e muestra la manera de cómo se deven fazer, e desí escrívelas qui él manda. Peró dezimos por esta razón que el rey faze el libro.

Si bien no era estrictamente el autor de la magna obra que dejó su reinado, su implicación superaba al mero mecenazgo. Los textos árabes o griegos ya no eran traducidos al romance como lengua puente hacia el latín, sino que el último paso se suprimía y el texto permanecía en la lengua intermedia. La clarividencia del rey Sabio fue clave para la conversión del romance primitivo en lengua de cultura, apta para la trasmisión de saberes. Hacia mediados del siglo XIII se consolidan sus rasgos básicos y, aunque seguirá evolucionando, hasta finales del XV responderá a la llamada “norma alfonsí”. En español medieval nacieron el Libro de Buen Amor, El Corbacho o las obras de Santillana, Juan de Mena, Manrique, Juan del Encina y tantos otros autores, hasta llegar a la magistral transición entre Edad Media y Renacimiento que encarna La Celestina, publicada en 1499. Poco antes, en 1492, Nebrija había escrito una Gramática que fijaría muchos rasgos de la lengua española del Siglo de Oro. Dúctil y flexible en el verso de Garcilaso y la prosa del Lazarillo, cercana a la Corte y al pueblo en el teatro lopesco, punzante en la pluma de Quevedo, había alcanzado la madurez necesaria para alumbrar una de las más geniales creaciones de todos los tiempos: El Quijote.

Simultáneamente al brillo de sus bellas letras, España iba expandiendo sus fronteras allende el Atlántico, a partir de 1492. El descubrimiento, la conquista y colonización de América —más allá de interpretaciones y leyendas, en ocasiones tributarias de intereses pecuniarios foráneos— se vivieron y relataron en castellano. La lengua española se convertía en una patria grande para millones de habitantes de muy diversas raíces, costumbres y paisajes. Los hispanohablantes se multiplicaban exponencialmente y aportaban una diversidad de acentos no vista hasta el momento. La confluencia de la lengua española con las autóctonas, africanas y otras europeas generaría una zona de intercambio comunicativo que permanece hasta hoy.

La lengua española se convertía en una patria grande para millones de habitantes de muy diversas raíces, costumbres y paisajes.

Este mínimo vuelo de pájaro sobre la historia milenaria del castellano y su riqueza es apenas un recordatorio de cuánto debe nuestra lengua a los siglos y los siglos al español. No puede resumirse en cinco párrafos ni entendemos justo simplificar fenómenos complejos bajo un manto épico, pues desde las alturas hasta las bajezas de personas y circunstancias se han ido plasmando en una rica literatura que ha alcanzado el éxito editorial, como la del llamado boom hispanoamericano. Con diversos acentos, este caleidoscopio lingüístico ha mantenido el misterio de que, a diez o quince mil kilómetros, encontremos pueblos diversos que hablan nuestra misma lengua. Sin perder su unidad, el generoso español ha expandido su corpus léxico para albergar los peculiares matices que casi seiscientos millones de hispanohablantes requieren para expresar su pensamiento y su sentir.

El Anuario 2020 «El español en el mundo»del Instituto Cervantes, dimensiona este ámbito compartido que es el castellano: “Los hablantes de español han aumentado un 30 % en la última década, y los estudiantes extranjeros, un 60%”. Del informe surge que

[…] más de 585 millones de personas hablan español, cinco millones más que hace un año [en 2019]. De ellos, casi 489 millones (seis millones más que en 2019) son hispanohablantes nativos. Además, el español es la segunda lengua materna por número de hablantes tras el chino mandarín, y la tercera lengua en un cómputo global de usuarios después del inglés y del chino mandarín. En internet es la tercera más utilizada y es el segundo idioma, detrás del inglés, en publicación de textos científicos.

Sorprende constatar que, mientras crecen el interés mundial por el castellano y su empleo, sectores minoritarios de la sociedad española lleguen al extremo de menospreciarlo y estigmatizar a sus hablantes. Se trata de un fenómeno paradójico, enmarcado en un rechazo a todo lo “español”, de raíces ideológicas más profundas y contrario al artículo 3 de la Constitución Española, según el cual “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”, que consagra la oficialidad de las demás lenguas españolas en las respectivas Comunidades Autónomas y establece que “La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”.

Atentar contra el idioma común nos parece un gesto autodestructivo, insolidario y solipsista, inmerecido por una lengua verdaderamente inclusiva, pues todos cabemos en ella sin pasaportes ni fronteras. Demasiado lejos se ha llegado, a nuestro entender, al prescindir en la LOMLOE de la referencia al castellano como lengua vehicular en la enseñanza, una forma de desdibujar la entidad de este patrimonio común.

Mientras crecen el interés mundial por el castellano y su empleo, sectores minoritarios de la sociedad española llegan al extremo de menospreciarlo y estigmatizar a sus hablantes

Entre los factores que pueden incidir en los usos lingüísticos actuales, se encuentran las redes sociales. Los rasgos del lenguaje empleado por sus usuarios —rapidez, economía, brevedad, inmediatez, coloquialismo— influyen tanto en la forma de los vocablos como en la plasmación escrita del hilo del pensamiento. Si bien escribimos como pensamos, podría decirse que, por influencia de estos avances tecnológicos —de indudable eficacia e imprescindibles—, en cierta medida también se piensa como se escribe. La Real Academia Española, que tanto contribuye al mantenimiento de la unidad en la diversidad del español, se he pronunciado reiteradamente sobre esta “neolengua”. En el primer Libro de estilo de la lengua española (2018), reconoce “el protagonismo de los medios de comunicación audiovisual en nuestros días” y afirma:

La lengua, que la van haciendo los hablantes, está en cambio continuo. Además, las actuales formas de escritura digital han creado nuevos «géneros» o modalidades de comunicación (mensajes de texto, wasaps, tuits, blogs, foros), que están reclamando orientaciones de estilo que este manual facilita con pautas de redacción.

Este lenguaje, apremiado por urgencias comunicativas constantes que se resuelven en una abreviatio continua, compulsiva, ha llevado al aula su menosprecio por las tildes, la “h” o la concordancia, así como la tolerancia complaciente hacia las erratas y la pobreza léxica, o la dificultad para construir textos más extensos, que impliquen un mayor ejercicio y despliegue del razonamiento. En su Ortografía de 2010, la RAE intentaba contener los riesgos que esta nueva forma de expresión entraña, al recomendar que su peculiar ortografía “no debe extenderse a todos los intercambios comunicativos realizados por vía electrónica”, por ejemplo, los realizados por correo electrónico, e insistía:

Cada vez con más frecuencia se solicita expresamente a los usuarios de estos medios que cuiden al máximo la corrección ortográfica de sus mensajes, no solo por deferencia hacia los demás, sino también para facilitar la lectura y comprensión de los textos.

Otro factor a considerar es el “lenguaje inclusivo”, promovido por corrientes que proponen dejar su impronta en el terreno lingüístico, como la llamada “ideología de género”. También al respecto tenemos presente el criterio académico. En la entrada “género” del Diccionario panhispánico de dudas se aclara que “Para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo” y que “para las expresiones discriminación de género y violencia de género existen alternativas como discriminación o violencia por razón de sexo, discriminación o violencia contra las mujeres, violencia doméstica, violencia de pareja o similares”. La RAE también rechaza el uso de la arroba (@) “para evitar las engorrosas repeticiones a que da lugar la reciente e innecesaria costumbre de hacer siempre explícita la alusión a los dos sexos”. Con igual claridad se explica en el artículo «Los ciudadanos y las ciudadanas», «los niños y las niñas», publicado en la web del Departamento de «Español al día»:

Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: “Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto.”

La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: “El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad.” La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos.

Asimismo, se pronuncia sobre el empleo incorrecto del femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada uno que formen parte del conjunto: “Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones”.

Ni las recomendaciones académicas ni el esfuerzo denodado de muchos docentes ni el celo de los hablantes más ortodoxos y enamorados de este magnífico patrimonio inmaterial común, que es el español, podrían poner barreras al ejercicio de la libertad lingüística, una de cuyas virtudes es propiciar la necesaria evolución de los idiomas. Pero, ¿es razonable convertir este ámbito en un auténtico campo de batallas que responden a otros intereses? Y, sobre todo, ¿lo es propiciar su empobrecimiento léxico, falta de precisión y connotaciones, deterioro sintáctico, muchas veces debidos a la falta de lectura, de “memoria literaria”, de pérdida de matices intelectuales y espirituales?

Tanto en el siglo XVII como en el XXI, la propia “lengua castellana o española” fue y es el tesoro.

Consideramos oportuno recordar que el Diccionario de la lengua española incluye la acepción de “tesoro” como “nombre dado por sus autores a ciertos diccionarios, catálogos o antologías” y en este sentido empleó Covarrubias el término, “por conformarme con las demás naciones que han hecho Diccionarios copiosos de sus lenguas”. Nos preguntamos si su genio lingüístico le permitió intuir también que, junto a su perdurable obra, tanto en el siglo XVII como en el XXI, la propia “lengua castellana o española” fue y es el tesoro.