Fin de legislatura y educación

Francisco Melcón Beltrán

 

Estamos expectantes por saber si, tras el 24 de mayo, se confirmarán los pronósticos y, junto con la legislatura, finalizará también un ciclo donde el bipartidismo ceda ante los partidos emergentes la llave de la gobernabilidad de la Comunidad de Madrid.

Según las encuestas, al menos dos de ellos irrumpirán con fuerza en la escena autonómica, otros perderán su hegemonía y alguno desaparecerá o quedará reducido a un papel meramente anecdótico. Las alianzas postelectorales serán inevitables y las medidas políticas precisarán de consensos y acuerdos a varias bandas para gobernar.

Este nuevo ciclo será el contrapunto a las mayorías absolutas que trajeron consigo una arrolladora forma de hacer política de los últimos gobiernos madrileños, prescindiendo del acuerdo y del consenso con otras fuerzas y agentes sociales en los asuntos de mayor calado y trascendencia.

En un intento por desviar el foco de su responsabilidad y sus propias carencias, durante esta legislatura han señalado reiteradamente a los sindicatos, en colaboración con algunos medios de comunicación, en una campaña de desprestigio indiscriminado, como entes prescindibles causantes de los problemas de la ciudadanía.

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El Gobierno concede a don Abel Martínez Oliva la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, solicitada por ANPE

El Consejo de Ministros ha aprobado un Real Decreto por el que se concede, a título póstumo, la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio a Don Abel Martínez Oliva por cumplir con su deber como profesor, protegiendo a sus alumnos y compañeros profesores en el IES Joan Fuster de Barcelona.

El pasado 20 de abril, Abel Martínez Oliva fallecía trágicamente a manos de un alumno de trece años, al defender a una compañera que resultó herida, al igual que otra docente y dos alumnos.

Abel Martínez, de 35 años, había nacido en Lérida y era licenciado en Historia. Impartía clases de Ciencias Sociales en este centro desde hacía solo diez días, en sustitución de una colega. Como tantos profesores interinos, se veía obligado a recorrer institutos de Cataluña, desplazarse muchos kilómetros, preparar nuevos temas constantemente, algo que hacía con suma responsabilidad y vocación. Compañeros y amigos elogiaron la pasión por la enseñanza de Abel, seguidor del Barça, aficionado a la música, los deportes y los cómics, con cuyos héroes fue comparado. Sus alumnos, conmocionados, enviaron numerosos mensajes de despedida.

El presidente nacional de ANPE, Nicolás Fernández Guisado, solicitó en la Comisión Permanente del Consejo Escolar del Estado la concesión, a título póstumo, de la Gran Cruz de Alfonso X para D. Abel Martínez Oliva, el docente muerto violentamente en el ejercicio de sus funciones. El Consejo Escolar del Estado ha enviado sendas cartas al centro y a la familia del fallecido, expresando sus condolencias y anunciando que solicitará al Ministerio que inicie cuanto antes el proceso para otorgar esta alta distinción.

Por su parte, Francisco Melcón Beltrán, presidente de ANPE-Madrid, también pidió en la Comisión Permanente del Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid la reprobación por el trágico fallecimiento de este profesor y que el Presidente de este consejo trasladase el apoyo y las condolencias a la familia y a la comunidad educativa del centro.

La Orden Civil de Alfonso X el Sabio se destina a premiar a las personas físicas y jurídicas y a las Entidades tanto españolas como extranjeras, que se hayan distinguido por los méritos contraídos en los campos de la educación, la ciencia, la cultura, la docencia y la investigación o que hayan prestado servidos destacados en cualquiera de ellos en España o en el ámbito internacional, según establece el Real Decreto 954/1988, de 2 de septiembre, en su Artículo 1º.

Desde ANPE consideramos que la concesión de la máxima condecoración civil de España es un merecido homenaje al profesor, su familia y compañeros, y un reconocimiento a la callada y constante labor de los docentes que a diario ejercen su vocación en las aulas.

 

Todo vale cuando se trata de un profesor

 

inmaculada Suárez Valdés

Inmaculada Suárez Valdés

 

 

Antes todo era más sencillo. La comunicación entre padres y profesores discurría por otros derroteros: diálogo directo, entrevista con el profesor, escucha activa y el pensamiento más o menos generalizado de que la colaboración entre ambas partes era imprescindible en la educación de los hijos.

Pero eso era antes, cuando estaban delimitadas las funciones y competencias de cada sector de la comunidad educativa y al profesor se le reconocía como autoridad en su función educadora y como persona especialista en su materia.

No sé muy bien en qué momento se abandonó el camino; lo que sí sé es que distintas circunstancias y actitudes nos han conducido a un terreno de arenas movedizas que cada día se hace más difícil de sortear. Tanto cuidado debemos prestar a que una mirada no sea mal interpretada, a que un tono de voz, una broma, una llamada de atención no nos traigan problemas que andamos al final más atentos al cómo lo digo –para que nadie se sienta ofendido– que al contenido que estamos trasmitiendo.

Desde la Administración y nosotros mismos hemos permitido que el virus del “todo vale cuando se trata de un profesor” se haya inoculado en el mundo educativo. Nuestra postura de inacción y el pensamiento mágico: a mí esas cosas no me pasan –hasta que me pasan– contribuyen a perpetuar las conductas difamatorias y agresivas que muchas veces los padres utilizan contra nosotros.

Resulta preocupante el cariz que están tomando estas malas prácticas. Hablo con conocimiento de causa. El servicio del Defensor del Profesor recibe diariamente llamadas de profesores/as que denuncian los malos modos, los gritos, insultos, injurias, denuncias… que están sufriendo de unos padres que no tienen reparo en recurrir a la mentira, a la exageración, a sacar las cosas de contexto con tal de dejar claro que son dueños de vidas y haciendas y los que imponen las normas, aunque estas nada tengan que ver con el hecho de educar, formar o adquirir conocimientos.

Pero lo más triste de todo es el refuerzo que reciben estos padres en sus actuaciones: direcciones que escuchan y permiten, junto con las difamaciones, los malos modos de alumnos y progenitores; una Inspección que se presta al juego y prejuzga antes de conocer los hechos. El sentido común debería bastar para darse cuenta de la sinrazón de lo que se denuncia. Pero lo cierto es que una vez abierta la veda el profesor lo tiene difícil, al menos durante el tiempo que dura la cacería.

Da igual que esos mismos padres hagan alarde de prepotencia en el momento de la denuncia, se muestren violentos en sus expresiones o maleducados; que las cuestiones que se planteen tengan más que ver con un afán de dictar sus propias normas que con que el profesor haya transgredido alguna de las normas establecidas en el plano administrativo, personal o pedagógico

Y lo que más llama la atención de todo. Estos responsables de la Administración, que no aguantarían del profesorado una palabra más alta que otra, que reaccionan con severidad si creen sentirse amenazados ante cualquier observación contraria a sus propuestas, exigen que sus administrados pasen por las horcas caudinas de padres y alumnos si no quieren ver cómo a estos se les sirve en bandeja su vida profesional en forma de expediente administrativo.

Ilusión, vocación, pasión

Por considerarlo de interés, reproducimos este artículo, con autorización del autor.

 

Carles Capdevila
www.carlescapdevila.com/es/il%C2%B7lusio-vocacio-passio

 

Empecé siendo padre, a partir de mis hijos aprendí a querer el hecho educativo, el trabajo de criarlos.

Pido perdón tres veces: por colocar en un título tres palabras tan cursis y pasadas de moda, por haberlo hecho para hablar de los maestros, y sobre todo porque mi idea es -lo siento mucho- hablar bien de ellos. 

buzon abierto estudiando

Sé que mi doble condición de padre y periodista, tan radical que sus siglas son PP, me invita a criticarlos por hacer demasiadas vacaciones (como padre) y me sugiere que hable de temas importantes, como la ley de educación (es lo mínimo que se le pide a un periodista esta semana).

Pero estoy harto de que la palabra más utilizada junto a escuela sea ‘fracaso’ y delante de educación acostumbre a aparecer siempre el concepto ‘problema’, y que ‘maestro’ suela compartir titular con ‘huelga’. La escuela hace algo más que fracasar, los maestros hacen algo más que hacer huelga (y vacaciones) y la educación es bastante más que un problema. De hecho es la única solución, pero esto nos lo tenemos muy callado, por si acaso.

Mi proceso, íntimo y personal, ha sido el siguiente: empecé siendo padre, a partir de mis hijos aprendí a querer el hecho educativo, el trabajo de criarlos, de encarrilarlos, y, mira por donde, ahora aprecio a los maestros, mis cómplices. ¿Cómo no he de querer a una gente que se dedica a educar a mis hijos?

Por eso me duele que se hable mal por sistema de mis queridos maestros, que no son todos los que cobran por hacerlo, claro está, sino los que son, los que suman a la profesión las tres palabras del título: los que mientras muchos padres se los imaginan en una playa de Hawái están encerrados en alguna escuela de verano, haciendo formación, buscando herramientas nuevas, o métodos más adecuados. 

Os deseo que aprovechéis estos días para rearmaros moralmente. Porque hace falta mucha moral para ser maestro. Moral en el sentido de los valores y moral para afrontar el día a día sin sentir el aprecio y la confianza imprescindibles. Ni los de la sociedad en general, ni los de los padres que os transferimos las criaturas pero no la autoridad.

¿Os imagináis un país que dejara su material más sensible, las criaturas, en sus años más importantes, de los cero a los dieciséis, y con la misión más decisiva, formarlos, en manos de unas personas en quienes no confía? 

Las leyes pasan, y las pizarras dejan de ensuciarnos los dedos de tiza para convertirse en digitales. Pero la fuerza y la influencia de un buen maestro siempre marcará la diferencia: el que es capaz de colgar la mochila de un desaliento justificado junto a las mochilas de los alumnos y, ya liberado de peso, asume de buen humor que no será recordado por lo que le toca enseñar, sino por lo que aprenderán de él. 

Oposiciones 2015: recta final de un despropósito

Manuel Diez Diez 

 

Estamos en la fase de publicación de listados de admitidos y excluidos y no deja por menos que consolidarse el despropósito previsto.

Hasta hace media docena años había un cierto compromiso de alternancia en la convocatoria de empleo público (oposiciones), entre cuerpos docentes. Años pares, Cuerpo de Secundaria y asimilados, y años impares, Cuerpo de Maestros. El singularismo autonómico y la falta de liderazgo del Ministerio han hecho que los opositores estén a merced de los intereses políticos o de otro tipo y sufran las consecuencias de una errónea planificación.

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Una siesta de 12 años

 Por considerarlo de interés, reproducimos este artículo, con autorización del autor.

Carles Capdevila

www.carlescapdevila.com/es/una-migdiada-de-12-anys/

 

Desde que abandonan el pañal (ya era hora!) hasta que llegan las compresas (y que duren)

Educar debe ser algo parecido a espabilar a los pequeños y frenar a los adolescentes. Justo al contrario de lo que hacemos: no es extraño ver a niños de cuatro años con cochecito y chupete hablando por el móvil, ni tampoco lo es ver de catorce sin hora de volver a casa.matematicas

Hemos dicho sobreprotección, pero es la desprotección más absoluta: el niño llega al insti sin haber ido a comprar una triste barra de pan, justo cuando un amigo ya se ha pasado a la coca.

Sorprende que haya tanta literatura médica y psicopedagógica para afrontar el embarazo, el parto y el primer año de vida, y se haga un hueco hasta los libros de socorro para padres de adolescentes, de títulos sugerentes como Mi hijo me pega o Mi hijo se droga. Los niños de entre dos y doce años no tienen quién les escriba.

Desde que abandonan el pañal (ya era hora!) hasta que llegan las compresas (y que duren), desde que los desenganchamos del chupete hasta que te hueles que se han enganchado al tabaco, los padres hacemos una cosa fantástica: descansamos. Reponemos fuerzas del estrés de haberlos parido y enseñado a andar, y nos desentendemos hasta que nos toca ir a buscarlos de madrugada en la disco. Ahora que por fin volvemos a poder dormir, y hasta que el miedo al accidente de moto nos vuelva a desvelar, nos echamos una siesta educativa de diez o doce años.

Alguien se estremecerá pensando que este período es precisamente el momento clave para educarlos. Tranquilo, que por algo los llevamos a la escuela. Y si llegan inmaduros a primero de ESO que nadie sufra, allí les esperan los colegas de bachiller que los sobreespabilarán en un curso y medio, máximo dos. Al modelo de padres que sobreprotege a los pequeños y abandona los adolescentes nadie les podrá acusar de haber fracasado educando a sus hijos. No lo han intentado siquiera.

Saber decir “basta”

Inmaculada Suárez Valdés

Inmaculada Suárez Valdés

 

 

 

 

Si algo va calando poco a poco en el profesorado es el desencanto. Primero los recortes, luego la LOMCE y, en medio, unas declaraciones fuera de lugar cuestionando nuestra profesionalidad. Si a todo esto, y en parte como consecuencia de ello, se le suma la actitud de enfrentamiento que algunos padres mantienen por “un quítame allá estas pajas” con el profesor/a de turno, no es de extrañar que entre nuestras filas cunda el desánimo.

Con un nuevo curso escolar prácticamente iniciado, sorprende la rapidez con la que los progenitores comienzan a tomar posiciones. Primero nos llegan sus observaciones pedagógicas, luego las recomendaciones de cómo debemos tratar a su hijo –un niño especial al que hay que saber entender–. Después las redes sociales rematarán la faena de despedazar al docente y, por último y sin demasiada dilación, la denuncia.

02---EDITORIALLo alarmante de estas actuaciones no reside solo en la permisividad con la que estas se toleran, sino también en el protagonismo que estos padres adquieren ante la comunidad educativa. Por esta razón, obrar con equilibrio y mesura será la mejor arma que podemos utilizar para que determinados hechos puntuales con una minoría de padres no acaben convirtiéndose en norma general de la vida cotidiana del centro.

Educados y correctos sí, dialogantes también, pero existe un punto de inflexión donde tanto Inspección, equipos directivos como profesorado tendrán que saber decir “basta”.

Y “basta” es lo que ha dicho un juez ante la denuncia de un padre que acusaba a la Dirección del centro de actuar fuera de la ley por quitar el móvil a su hijo y visionar su contenido. La noticia me sorprendió gratamente en el telediario del mediodía, como aviso a navegantes.

El padre, digno caballero andante en defensa de su hijo, había acudido a los juzgados como consecuencia de un hecho que había lesionado, a su parecer, el derecho de su vástago a la intimidad. Una intimidad que, según él, había sido vulnerada por los responsables del centro al visionar el contenido de un vídeo de carácter sexual, no apropiado para su edad, que portaba en su móvil –estamos hablando de Primaria– y que exhibía ostentosamente ante compañeros y compañeras de corta edad, que fueron quienes denunciaron los hechos.

El hecho de que desde la Judicatura se recuerde que la función de los centros educativos es educar y que deposite en el profesorado esta tarea es una buena noticia. Sentencias como esta calan en la sociedad y devuelven al profesorado una autoridad que nunca debió perder.

Está claro que para resolver los problemas que surgen en las aulas, además del profesorado se necesita la ayuda de los padres y la sociedad. Pero unos y otros debemos reflexionar sobre los valores que se les quiere inculcar a nuestros niños y adolescentes. No nos olvidemos de que el futuro de nuestra sociedad depende de ello.

Ellos mandan porque nosotros obedecemos

Inmaculada Suárez Valdés

Inmaculada Suárez Valdés

 

 

Es difícil educar si al que se le educa no desea ser educado. Es muy difícil impartir conocimientos si el receptor de los mismos se niega a recibirlos.

La situación actual de la enseñanza discurre en no pocas ocasiones por estos derroteros: grupos ingobernables, alumnos impertinentes, provocadores, coléricos sin causa, con poca tolerancia a la frustración, alumnos que llevan como santo y seña en sus actuaciones cuestionar y doblegar al profesor.

En algo nos hemos debido de equivocar si cada día con más frecuencia –y aquí no vale echar balones fuera– al enfrentarnos a ciertos grupos o a ciertos alumnos del grupo, se nos hace un nudo en el estómago y nuestras palpitaciones suben de nivel.

Es cierto: los alumnos han cambiado y no son lo que eran, pero nosotros como colectivo, no nos engañemos, hemos propiciado este cambio.

21_ellosmandan_pArrastrados por la corriente de ciertas metodologías pedagógicas, bienintencionadas desde luego, hemos querido ser tan democráticos, tan dialogantes que hemos convertidos a niños y adolescentes en pequeños tiranos que ejercen su despotismo sin ningún miramiento: ellos deciden, mandan, organizan, están en posesión de la verdad, merecen la máxima credibilidad, y nosotros, profesionales ya acostumbrados a ser cuestionados por la Administración, padres, alumnos, equipos directivos o compañeros, obedecemos.

El problema no son solo los alumnos, también lo son nuestras actuaciones, las ideas que tenemos sobre el papel que debemos desempeñar en la educación, nuestros miedos, nuestros complejos.

Flaco favor hacen al conjunto del profesorado ciertos directores que asumen como función propia la defensa y protección del alumno, según ellos, el eslabón más débil. Esto es lo que denuncia un cierto número de profesores que perciben que estos directores, ante conductas contrarias a la convivencia, permiten o disculpan actuaciones de padres o alumnos, dejando indefensos a los profesores, sin justificación alguna. Señores, la Ley está para cumplirla.

En educación, todos expertos

Inmaculada Suárez Valdés

Inmaculada Suárez Valdés

 

 

Años de aprendizaje, de estudio y preparación para llegar a una triste conclusión: todo nuestro esfuerzo ha sido inútil, cualquier persona –padres, alumnos, vecinos…– nos da lecciones de pedagogía sin necesidad de pasar por ninguna facultad.


Uno cree que sus años de experiencia en las aulas le curten, por aquello de que “todo lo que no acaba contigo te hace más fuerte”, pero lo cierto es que siguen haciendo mella en nuestro estado de ánimo las faltas de consideración, el “calumnia que algo queda “ y la forma que tanto padres como alumnos tienen de arrogarse la capacidad de cuestionarnos, no solo nuestra metodología o los contenidos que impartimos –establecidos por ley– sino que, como una forma más de rizar el rizo, puede entrar incluso a debate algo tan crucial e importante para la educación del alumno como es el color de bolígrafo que se utiliza en las correcciones (hechos reales).

En ninguna otra profesión, que yo sepa, a sus profesionales se les cuestionan con tanta virulencia sus decisiones y su formación. En ninguna otra profesión se admite que personal externo a la misma, y por lo tanto profano en la materia, quiera organizar, presionar o saber más que el propio especialista.

Sin embargo, en educación, todo vale y nada sorprende. Ni a propios, al admitir las injerencias que se perpetran sin ninguna justificación razonable por ciertos elementos de la comunidad educativa y con la aquiescencia de los distintos representantes de la Administración, nia ajenos que se adjudican el derecho de cuestionar cualquier decisión, sea pedagógica o de organización, y además exigen –de señor a vasallo– ser obedecidos en todas sus peticiones por absurdas que resulten.

profesor

Y es que ya no es el alumno quien se debe adaptar al profesor, ni el que tiene esforzarse por aprender los contenidos que establece el currículo, ni el que debe ser correcto en el trato con los demás, ni el que acata los horarios o fechas de exámenes, ni al que se le evalúan el aprovechamiento y los conocimientos adquiridos de acuerdo con los contenidos establecidos en la programación. No, ahora es el alumnado el que decide, a tenor de las denuncias que formula y de la viabilidad que se les da, cómo y cuándo se hace un examen, los criterios de evaluación y los contenidos que deben evaluarse, el qué y el cómo de los temas a tratar en clase, lo que es correcto o no en cuestiones de convivencia. Ahora, ocupando el hueco que como profesionales nos hemos dejado arrebatar, surgen los “entendidos” que se adjudican conocimientos y decisiones que no son de su competencia, entre ellas la capacidad de juzgar –sin necesidad de recurrir al buen criterio de los especialistas en educación, que los hay– la idoneidad del profesor y exigir su inmediata destitución.

Malos tiempos corren para la educación y sus profesionales si desde la Administración se permiten y toleran injerencias en nuestra profesión y nosotros mismos como colectivo no somos capaces de decir basta.

¿Se acabó la crisis? Obras son amores y no buenas razones…

Manuel Diez Diez, vicepresidente ANPE-Madrid

Manuel Diez Diez Vicepresidente ANPE-Madrid

El pasado día 12 de enero en un acto rodeado por cinco consejeros y 21 alcaldes de la zona sur de Madrid, parece indicar que nuestro presidente regional certificó el fin de la crisis.

Sin duda nos congratula a todos, que se vayan a invertir 630 millones de euros en 23 municipios de la zona sur. A mí que vivo en ella, más aún. No me estoy inventando nada, frases como estas lo corroboran: “Hay que consolidar la recuperación que tanto nos ha costado poner en marcha”, “Madrid tiene que seguir siendo el motor de la recuperación económica” “hace apenas dos años y medio que Madrid salió de la crisis”. Todas ellas recogidas en la prensa madrileña.

Después de todo esto, seguramente un docente, como yo, se preguntará: ¿Y en el mundo de la educación qué? ¿Cuándo empezarán a revertir los recortes? ¿Cuándo volveremos a la “normalidad”? Y es muy posible que diga el viejo refrán castellano: “Obras son amores y no buenas razones”

Por desgracia, tengo que recordar que la cascada de recortes en la educación madrileña está ahí, iniciada en 2009 con la Ley 2/2008, de 22 de diciembre, de Presupuestos Generales de la Comunidad de Madrid para el año 2009, donde se nos congeló en complemento específico a los funcionarios docentes, en desigualdad con los del resto del estado. A partir de ahí y al margen de la legislación estatal, con responsabilidad directa de la Comunidad de Madrid hay que enumerar, entre otras:

  • Se elimina el cobro del verano para los profesores interinos. Primero para los sustitutos y luego para todos.
  • Se anulan las licencias retribuidas por estudios.
  • Se retiran la ayudas a la formación, tanto individuales como a las organizaciones sindicales. Formarse, para impartir mejor su trabajo diario, será a su costa y con unas tasas en la Escuelas Oficiales de Idiomas y en la Universidad Madri­leña, de las más altas de España.
  • Se han reducido considerablemente los “cupos” a los centros para Atención a la Diversidad.
  • Aumento del horario lectivo y por tanto reducción de plantillas en los centros de secundaria, un año antes que el resto del Estado.
  • Reducción la dotación de al menos un cupo de profesores por centro de primaria.
  • Supresión de las ayudas por cuidado de hijo menor de tres años o con discapacidad.
  • Disminución de becas de comedor y libros, etc.
  • Esto acompañado con medidas como la puesta en marcha de un nuevo decreto que regula la ordenación de las listas de interino, injusto, e irracional, donde pone en la calle a profesores experimentados, y su desarrollo a algunos ¡hasta les inhabilita, tras ejercer más de 20 años!, logrando únicamente fomentar la rotación en el empleo.

Con este panorama autonómico y incrementado con el “estatal”, con recortes específicos como docentes y como funcionarios estamos donde nos han situado. Con un retroceso en derechos sociales, de varias décadas.

¡Si ya no hay crisis! ¿Qué hay de lo nuestro? De momento, ni tan siquiera promesas. Estas no tardarán en venir, pues en unos meses volveremos a oír que la educación será el eje de la política social de todos los partidos políticos que concurran al proceso electoral.

Para que los docentes nos lo creamos, tendremos que empezar a ver “gestos” que corroboran la salida anunciada de la crisis, por parte de los que ahora nos gobiernan, pues, “por sus hechos los conoceréis”.

Comencé con un refrán y termino con una cita evangélica, ¡ya entonces se alertaba sobre los posibles falsos profetas..!