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Ene 17

Amueblando cabezas

 

Sofía Bernardosofia2 Jáñez

 

Llevamos un tiempo escuchando diversas opiniones sobre las tareas que llevan a casa los estudiantes. Debates, entrevistas en la televisión o en la prensa. Todo el mundo parece saber qué es mejor y qué deberíamos hacer los docentes en el ejercicio de nuestra labor diaria.

El colmo, en mi opinión, es el anuncio de una tienda de muebles qué lanza su campaña “deberes” con el slogan: “menos deberes y más cenas en familia”. Personalmente no entiendo qué tienen que ver los deberes con la venta de muebles. Es una intromisión gratuita y dañina a la profesión docente.

Esta situación me conduce a una reflexión. Propongo darle la vuelta a la situación para medir el grado de atrevimiento e intromisión. ¿Les recomendaría yo, como profesional docente, la mejor forma para fabricar y vender muebles de calidad?

La situación parece cuanto menos cómica rozando incluso la vertiente ofensiva. Parece legítimo pensar que si a mí no se me ocurre, entonces por qué a ellos sí.

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El problema radica en que se ha implantado una tendencia por la que todo el mundo se cree en el derecho de intervenir en nuestro trabajo y decirnos qué debemos o no hacer.

El diálogo en la comunidad educativa para tratar el tema con sentido común no puede más que ser beneficioso y deseable, pero no es tolerable que se juzgue nuestro trabajo y se nos dicten normas sin fundamento. Y que quienes se tomen la licencia de dictar estas normas sean personas ajenas al ámbito educativo.

Las tareas domiciliarias no son un capricho del profesor. Cumplen distintas funciones. Los deberes permiten que el alumno sea capaz de asimilar y reproducir lo que le han explicado en clase, pero esta vez sin la ayuda del profesor.

Para el profesor, los deberes también suponen un método de evaluación, no solo hacia el alumno sino hacia sí mismo.

Si provocamos que nuestro alumno se enfrente solo a una tarea similar a la que hemos visto en clase, podremos sacar muchas conclusiones. Podremos valorar la necesidad de incluir actividades complementarias o nuevas explicaciones. Podremos medir el grado de consecución de nuestros objetivos y el conocimiento del tema por parte del estudiante.

Los deberes también son una preparación para los exámenes. Muchos alumnos ante un examen sienten una angustia profunda, como un “bloqueo que les hace quedarse en blanco”. El verse solos frente a la reproducción de lo que se ha visto en clase y saber que serán evaluados en base a esa prueba les genera un estrés que puede llegar incluso a traducirse en síntomas físicos (malestar, nerviosismo, falta de apetito, trastornos del sueño…). Al realizar tareas en casa, no sienten esa presión y esto les puede servir de entrenamiento ante el momento del examen.

Por otra parte, contribuyen a que los estudiantes aprendan a desarrollar su sentido de responsabilidad y compromiso. Aprenden a organizar sus tareas, a priorizar unas sobre otras y a gestionar el tiempo.

Tanto padres como docentes pretendemos conseguir lo mejor de nuestros niños.

Si todas las partes mostramos sentido común, el resultado no puede más que ser positivo. Debemos buscar la justa medida y un diálogo constructivo dentro de la comunidad educativa y no fuera de ella.

¿Acaso nos atreveríamos a decirle a un panadero en qué orden y cantidad debe echar los ingredientes para obtener un buen pan? ¿O a un médico cómo tratar una gripe?

Pues no parece de recibo. Sabemos que es un profesional, que ha recibido formación, que cumple con las normas de su profesión, que conoce y domina su trabajo y confiamos en él.

Dejemos que cada uno se dedique a aquello para lo que está formado y preparado. En resumen, más respeto y más sentido común hacia nuestra profesión. Los profesores contribuimos a amueblar muchas cabezas y no precisamente con serrín.

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