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Dic 21

De adanistas y retablos

RA

Rosalía Aller Maisonnave

 

El término “adanismo” se ha puesto de moda, pero no por un incremento de la lectura generalizado –ya quisiéramos– ni por un particular interés en el texto genesíaco. La consulta al diccionario académico nos enseña que es el “hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente”. Perfectamente adecuado, entonces, a la situación actual, donde una élite de “expertos” pretende mostrar el camino a los profesionales de la educación, las autoridades y la sociedad entera.

Al parecer, haberse formado para enseñar –así de sencillo– y haberlo hecho durante años o incluso décadas no habilita para opinar teóricamente sobre el tema. Y mucho menos para, con una mirada retrospectiva, valorar la evolución del panorama educativo de la etapa post­constitucional y su situación actual, deslindar sus “fortalezas y debilidades” –como gustan decir los hacedores de proyectos– y proponer qué es razonable y conveniente mantener y qué cambios se han de introducir para alcanzar un modelo educativo determinado.

El mantra de la innovación parece haber ahogado

todo posible cuestionamiento respecto a la utilidad

de cada nuevo instrumento

El vendaval innovador, como una suerte de enajenación colectiva, se ha instalado en algunas mentes teórico-pedagógicas que, a fuer de dar conferencias, han aprendido a hacerlo con soltura y hasta desparpajo. Lo malo es que se crean capaces de comerle la merienda sin remordimientos –una antigualla– a cualquier docente en activo, de esos miles que han pasado de la tiza a la pizarra digital, dispuestos desde su acceso a la enseñanza a crear y aplicar técnicas diversas y bien fundamentadas para hacer sus clases más atractivas y eficaces. Mayor peligro sería que este mensaje calara en la sociedad, en las autoridades y hasta en los propios educadores, que a veces aceptan su “falta de modernidad” y no se indignan lo suficiente ante la burda caricatura de que “nada” ha cambiado en la educación española y los alumnos siguen memorizando la lista de los reyes godos.

Si es malo anclarse en el pasado –en su versión extrema y paródica, esto habría llevado al género humano a no salir de las cavernas–, tampoco es bueno abrazarse a lo nuevo con desaforada pasión. Pero los adanistas siglo XXI nos enseñan que el pasado no vale, porque es eso: pasado. Descartemos el presente pues, como dice Quevedo “hoy se está yendo sin parar un punto”, y nos quedaremos colgados del pincel del futuro, pues alguien nos ha quitado la escalera en que estábamos subidos para pintar el techo del conocimiento. Nuestros “salvadores” nos cercan, dispuestos a reescribir la historia ex nihilo: “En el principio…”.

Y es que también han desaparecido estos dos términos y conceptos. No hay “techo” para los nuevos alumnos, capaces de todo, siempre que esto no implique estudiar ni esforzarse ni analizar críticamente ni respetar nada ni… Y del conocimiento, mejor no hablar. Ya puede esforzarse la OCDE en destacar su importancia, que los neopedagogos se encargarán de situarlo donde corresponde: en el baúl de los olvidos.

 

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El mantra de la innovación parece haber ahogado todo posible cuestionamiento respecto a la utilidad de cada nuevo instrumento, pues resulta –para los gurús del tema– meridianamente claro que todo cambio es inmensamente positivo, imprescindible e irrenunciable per se.

¿Qué pasa si nos preguntamos sobre el elevado coste económico de tal alud de novedades? No descartamos que sea precisamente esta dimensión la más atractiva para algunos, dispuestos a hacerse su agosto mediante la venta de innumerables libros, ponencias, programas, jornadas, técnicas, estrategias, powerpoints, todo muy bien aderezado con una salsa de palabras cuyo desconocimiento o no aprecio dejará marcados a fuego a los “no iniciados”, que serán debidamente destinados a la gehena mediática, social y educativa.

Así que estamos presenciando un revival en toda regla de aquella ancestral y sabia narración que debe a su verdad intrínseca haber navegado por los siglos: El retablo de las maravillas. El entremés cervantino tiene antecedentes en don Juan Manuel, pues en una de sus narraciones pone en boca de Patronio la historia «De lo que contesció a un rey con los burladores que fizieron el paño», para que el joven conde Lucanor aprendiera a reconocer las malas artes de los engañadores. De muy antiguo cuño es la trama, cuyos orígenes se remontan a la cuentística oriental y que posteriormente inspiró a Hans Christian Andersen “El traje nuevo del emperador”, a Lauro Olmo su Nuevo Retablo de las Maravillas y olé o a Els Joglars la versión estrenada en 2004. ¿Será porque no ha perdido vigencia? Malum signum, diría don Quijote.

 

Estamos presenciando un revival

de aquella ancestral y sabia narración:

El retablo de las maravillas

Entonces, tejer una trama inexistente con hilos invisibles o con palabras vacuas no tiene nada de original. Venderla como valiosa, tampoco, sobre todo si pesa sobre quienes rechacen comprarla la amenaza de caer bajo sospecha de bastardía familiar (como en el cuento) u obsolescencia pedagógica (como ahora).

Pero vamos al fin de la narración. ¿Quién desenmascara a los burladores? Según las versiones, distintos personajes que tienen en común su inocencia o su condición de outsider social. Sin nada que perder, dicen la verdad. Quebrada la imposición de silencio, todos comienzan a murmurar. “El emperador está desnudo”, comenta el pueblo en el cuento de Andersen.

¿Será que no comunicamos con suficiente énfasis cuál es la realidad diaria en los centros educativos, es decir, que el profesorado hace constantes esfuerzos de actualización, aprende a diario para comunicarse con sus alumnos en el lenguaje adecuado, constantemente está creando y poniendo en marcha actividades diferentes, concursos, debates, trabajos grupales, talleres, nuevas formas de trabajo en el aula, incorporación de TIC a los procesos de aprendizaje, experiencias novedosas, etc.? ¿O que no está dispuesto a dejar de enseñar y convertirse en un guía, orientador o animador cultural, que conoce bien la importancia de abrir la mente de sus alumnos y capacitarlos para el futuro laboral o académico, que no renunciará a trasmitir valores, como el respeto a los demás, clara manifestación del respeto a sí mismo, que toda persona –compañero, familiar, profesor– tiene dignidad y debe serle reconocida, que sin esfuerzo solo se avanza por sendas oscuras? La lista de preguntas retóricas sería interminable.

Informes internacionales recientes dan a entender que, no solamente los docentes madrileños no hacen mal su trabajo, sino que lo realizan notoriamente bien. No son estos estudios una radiografía total, pero su valoración positiva es un elemento a tomar muy en cuenta. Que no intenten ocultarnos con palabras la contundencia de las cifras.

Como profesionales de la educación –una labor, una vocación–, no estamos dispuestos a renunciar al espacio y el protagonismo que nos corresponden en cualquier ámbito donde se diriman temas educativos y se marquen líneas de actuación para determinar dónde estamos y adónde hemos de llegar. Nosotros, los docentes, somos los primeros expertos.

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