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Nov 06

Olvidar la memoria

RARosalía Aller Maisonnave

 

“Se soportan fácilmente las críticas, pero no se soporta la burla”, afirmó sabiamente Molière, confirmando así el papel de la sátira en la corrección de los vicios humanos.

Con un sentido menos pedagógico, parece haberse instaurado en algunas voces el menosprecio burlón y prácticamente incuestionable del uso de la memoria en el proceso educativo, dando a entender la irracionalidad e inanidad de esta facultad.

Una vez más, se cae en la simplificación, con la pretensión de establecer bandos enfrentados de defensores a ultranza y detractores acérrimos, y convertir la memoria en una paria que ha de ser definitivamente excluida del aula. De paso, y para reforzar la tesis, desde la atalaya de la superioridad moral, un tinte ideológico y político se cierne sobre tirios y troyanos: es progre “nada de memoria”, y una antigualla irrisoria pretender que los alumnos desarrollen esta facultad. Adecuadamente difundido el mantra por las redes sociales, se completa la faena, y esta facultad, admirada por los clásicos, es incinerada en una pira inquisitorial. Porque la tan mentada tolerancia parece haberse convertido en una rara virtud que solo ha de emplearse con “los nuestros”.

¿Debe desterrarse esta facultad

de la educación?

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Pero estigmatizar la memorización como forma “antigua” de aprender es signo inequívoco de estar muy alejado de la realidad de la educación. En primer lugar, porque se parte de una premisa falsa: se obliga a los alumnos a aprender de memoria, mediante tareas repetitivas. La norma nos ayuda a desterrar esta creencia carente de fundamento. Baste con observar, a título de ejemplo, el Real Decreto 126/2014, de 28 de febrero, por el que se establece el currículo básico de la Educación Primaria, basado en el aprendizaje por competencias, que suponen “una combinación de habilidades prácticas, conocimientos, motivación, valores éticos, actitudes, emociones, y otros componentes sociales y de comportamiento que se movilizan conjuntamente para lograr una acción eficaz.”

Y entre los objetivos de esta etapa, incluye: “Desarrollar hábitos de trabajo individual y de equipo, de esfuerzo y de responsabilidad en el estudio, así como actitudes de confianza en sí mismo, sentido crítico, iniciativa personal, curiosidad, interés y creatividad en el aprendizaje, y espíritu emprendedor”. Descartamos, por tanto, el aprendizaje memorístico como forma preceptiva y constante de incorporar conocimientos.

Por otra parte, ¿debe desterrarse esta facultad de la educación?

En la Retórica clásica –repristinada hoy, en buena medida gracias a los estudios literarios y a la necesidad de persuasión de la publicidad– entre las fases elaborativas del discurso se encuentra una que es esencial para su puesta en escena: la memoria, minuciosamente descrita en la anónima Rhetorica ad Herennium (siglo I a. C.), el texto latino sobre oratoria y prosa más antiguo que se conserva. El orador, para recordar la secuencia de argumentos, emplearía recursos mnemotécnicos que facilitaran su fijación. Grande era el prestigio de esta función cerebral. Pasados los siglos, y tras épocas en que desempeñaba un papel crucial en la enseñanza, el ejercicio de la memoria fue perdiendo relevancia ante el avance de la cultura escrita. Sin embargo, no ha dejado de ser un elemento esencial en el estudio –otro término que parece haberse evaporado en el triángulo de las Bermudas pedagógico– y resultará problemático el acceso a la educación superior a quienes carezcan de hábitos de concentración y de fijación de contenidos.

No solo es indispensable memorizar selectivamente ciertos conceptos y conocimientos, para su posterior aplicación en el devenir profesional, sino que también numerosos estudios insisten en la importancia del entrenamiento del cerebro para retrasar procesos de deterioro cognitivo, tan dolorosos para quienes los padecen en sus seres queridos o en sí mismos. “Estudiar más nos hace envejecer más despacio”, se titula un artículo de la revista “Muy interesante” (www.muyinteresante.es/salud), donde se hace referencia a una investigación cofinanciada por la Fundación Británica del Corazón y el Consejo de Investigaciones Médicas (MRC) del Reino Unido, entre cuyas conclusiones se encuentra la siguiente: “el envejecimiento no es una consecuencia de las circunstancias económicas durante la vida adulta ni del estatus social, sino que depende de factores de las primeras décadas de nuestra vida con efectos a largo plazo, como la educación”. Asimismo, se afirma que “las personas con estudios superiores están mejor preparadas para resolver problemas y enfrentarse al estrés”.

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El rechazo expreso a la memoria debe contextualizarse en una corriente más amplia: el cuestionamiento o la negación del papel de los deberes (incluido el estudio) en la educación, por parte de un sector de la comunidad educativa.

Es indudable que las tareas domiciliarias –incluidas las que impliquen un uso de la memoria apoyado en el razonamiento– deben mantener una proporcionalidad y ser administradas de forma racional, para no producir en los alumnos un efecto de saturación que sería contraproducente. Pero plantear su regulación por ley o su eliminación y circunscribir todo el aprendizaje al tiempo en que el alumnado permanece en los centros educativos implica desechar una parte importante de ese proceso, que es el trabajo individual -siempre acorde a la edad y las peculiaridades de cada etapa–, la comprensión que se alcanza mediante la reflexión personal, el análisis y estudio de los temas.

El discurso subyacente implica, por una parte, el menosprecio de la profesionalidad de los docentes, a quienes se cuestiona la gestión de las tareas escolares en el ámbito de su libertad de cátedra, y de la autonomía de los propios centros educativos. Por otra, deja de lado aspectos imprescindibles en una educación integral, como la formación de la voluntad y el valor del esfuerzo, y puede trasmitir a niños y jóvenes el mensaje de que cuanto menos relevantes sean las responsabilidades a asumir, mejor. Evidentemente, en este contexto memorizar resulta un esfuerzo inútil.

No ha de hurtarse a las generaciones venideras

una facultad tan valiosa

Quienes esto proponen parecen olvidar –quizás como una expresión más de su denuesto a la memoria– que los alumnos están consolidando su personalidad y preparándose para afrontar los retos de un mercado laboral cada vez más exigente y competitivo, situación agravada por la reducción de la oferta y el incremento de la demanda, y necesitan un bagaje en el que confluyan conocimientos, destrezas y competencias diversas con la capacidad de funcionar independientemente en una sociedad cambiante y de riesgo, de relacionarse y salir adelante en situaciones no siempre favorables. La capacidad de asumir responsabilidades y cumplir con ellas, resistir a la adversidad, sobreponerse a las dificultades son elementos clave para el crecimiento interior y han de ser también parte de la educación. No ha de hurtarse entonces, a las generaciones venideras, una facultad tan valiosa como es la memoria sabiamente administrada para disfrutar de una mejor salud y alcanzar una más adecuada inserción social.

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