Reflexiones sobre el Libro Blanco

Pilar Ramos Ortiz

 

De lo que llevo leído del Libro Blanco, que no tiene desperdicio, la única connotación positiva que encuentro es el color. Los que participan en la elaboración de este “libro” parece que se encierran en sí mismos para librarse de compromisos. Lo leído me transporta a un pensamiento basado en el silencio, el misterio y el desánimo.

Por ahora, lo único que saco en claro es que esas páginas expresan lo que se piensa, fingiendo haberlo meditado mucho.

¿Por qué al hablar de reactivar el impulso ético solo menciona la actividad docente? Si la palanca de la conducta es principalmente la educación y, según se dice en el “libro”, necesitamos la tribu entera para educar, os planteo la siguiente pregunta: ¿los demás miembros de la tribu están activados ya?

¿Y qué decir de la competencia de aprender a aprender, que se puso de moda y cada uno la aplica como Dios le da a entender?

Dice el autor que “si olvidamos la energía generosa, la responsabilidad ética de la docencia, cortamos las alas de la paloma”. Como docentes, queremos insistir en que en ningún momento hemos olvidado esa energía generosa y esa responsabilidad ética, por tanto queden tranquilos, porque seguimos siendo palomas con alas.

Haciendo referencia al dicho popular “las comparaciones son odiosas”, les recuerdo que al utilizarlas tendemos a que nos comparen cuando salimos perdiendo, y cuando salimos ganando simplemente lo ignoramos. Menciono este dicho porque, si hacemos referencia a la educación finlandesa, país que figura en los primeros puestos del informe PISA, ¿por qué no se menciona que en Finlandia el docente está considerado como pieza fundamental en la sociedad y el reconocimiento social del profesorado figura como una de las claves del éxito? Si lo citado ocurriese en España, quizás no se plantearía el temor de preguntar a los docentes por qué han decidido escoger esta carrera o por qué el desánimo invade sus mentes.

Como profesionales, conocemos perfectamente los Principios de Intervención Educativa. No hace falta que nos los recuerden, pero yo sí les recuerdo que al hablar de enseñanza y aprendizaje no es conveniente plasmar una posición única y considerarla la clave del éxito. Me explico. En una de las líneas de este “libro” se nos dice que la tarea de los docentes no es “enseñar”, sino conseguir que los alumnos “aprendan”. El binomio que se forma entre enseñar y aprender no es nada simple, por esa razón da lugar a debates entre los integrantes de la comunidad educativa. De este debate surgen dos perspectivas:

  • Una sostiene que la enseñanza y el aprendizaje se constituyen en una unidad didáctica y dialéctica, enfocándolos como dos procesos no antagónicos, sino complementarios, postura más compartida y aceptada por los que conocen, verdaderamente, la educación.
  • Otra, que enseñar y aprender son dos procesos diferentes. Al parecer, lo que opinan en este “libro”.

No estamos para cuestionar la validez o no de una u otra postura. Lo más razonable, desde mi punto de vista y el de otros muchos, es que enseñar y aprender, aunque no son sinónimos, se pueden considerar facetas complementarias de la evolución del ser humano, de ahí que los diferentes contextos socioculturales enmarquen diferentes formas de enseñar y aprender.

Estoy cansada de que en este “libro” se nos compare con los médicos. Si nos comparáis con los médicos, que se nos trate como a ellos. Es decir, cuando un médico realiza un diagnóstico y prescribe una medicación, ¿alguien lo cuestiona?

 

Libro Blanco

 

A medida que avanzas en la lectura del “libro”, confías en que en algún momento se diga algo que pueda despertar el entusiasmo hacia su contenido, pero la perplejidad sustituye al interés cuando los títulos y sus desarrollos se convierten en una disyuntiva.

La docencia es una actividad profesional altamente cualificada y al mismo tiempo vocacional. Sin embargo, pensar la tarea docente como vocación puede encerrar algunas trampas, ya que como dice Graciela Morgade, doctora en educación de la UBA, es un concepto que se asocia con el de altruismo. Al pensar la docencia como una ocupación altruista, pueden entenderse algunos de los problemas que históricamente han tenido que enfrentar los educadores, como las horas extra, las jornadas laborales no pagas o los bajos salarios.

Larrosa, autor del libro Análisis de la profesión docente, dijo que

“la docencia es una profesión, pero no una más, porque trabaja con personas. Enseñar con entusiasmo, tener confianza en el poder de la educación, considerar la docencia como un servicio, ser paciente y perseverante en la consecución de objetivos razonables, ser un buen modelo a imitar, entre otras, son cualidades importantes que deben adquirir los que se dediquen a enseñar”.

Entusiasmo, confianza y servicio pueden convertirse en nuevas maneras de nombrar la vocación. El concepto de vocación puede ser reemplazado por el de profesión porque, al tiempo que se aceptan deberes, hay que exigir derechos para poder cumplir con las obligaciones.

Sabemos que ser funcionario es una condición jurídica que recae en un determinado número de personas que mantienen un tipo de relación con la Administración regulada por el derecho administrativo. Sobra la frase “ser funcionario no es una profesión”.

Como docente que soy, además de poseer la condición de funcionaria, les pediría más respeto a la hora de hablar de la enseñanza como capacidad universalmente poseída, porque lo que realmente poseemos es la capacidad de aprender. Todo el mundo tiene algo que enseñar y todos tenemos aún mucho más que aprender.

Desde el mismo momento del nacimiento, el niño es un ser activo que muestra conductas específicas, relacionadas con el lenguaje humano. Del mismo modo, presenta otras conductas que le permiten establecer vínculos afectivos con los adultos del entorno. El dominio progresivo de las habilidades de uso del lenguaje es un factor decisivo en el desarrollo general, a la vez que es difícil explicar la evolución del lenguaje sin relacionarlo con el medio social y la capacidad intelectual. Por eso, la adquisición y el desarrollo del lenguaje son aspectos básicos a trabajar en la escuela infantil, y, en ese sentido, esta etapa es un momento óptimo para facilitar estas adquisiciones, fomentar hábitos correctos de expresión, así como contrarrestar las deficiencias que puedan traer los niños de su medio familiar. Si las madres, sea cual sea su nivel cultural, enseñan muy bien a hablar a sus hijos, ¿para qué estudiar los problemas más frecuentes en el lenguaje infantil?

Uno de los objetivos principales de cualquier docente es que su alumno sienta que forma parte de algo más grande que él mismo, como su familia, grupo de amigos, ciudad… llevándose una enorme fuente de bienestar y seguridad.

Los docentes tenemos que saber escuchar, pero a nosotros nadie nos escucha. Ante diversas situaciones que nos crean cierta preocupación o malestar, nos dicen: “No entiendo por qué te pones así”, “¡Eso es una tontería!”. Nuestros problemas también son grandes oportunidades para enseñarnos a encontrar soluciones. Decir que el estrés del docente es el sentimiento de estar sometido a exigencias que no se pueden cumplir no es lo que yo tengo entendido por estrés. El estrés es la reacción de nuestro cuerpo a un desafío o demanda. En pequeños episodios puede ser positivo, pero cuando dura mucho tiempo puede dañar nuestra salud, ya que nuestro cuerpo se mantiene alerta incluso cuando no hay peligro.

Lo que sí se ha comentado mucho es que los docentes tienen una alta propensión a sufrir trastornos de ansiedad.

En la página 79 de este “libro” se formula la siguiente pregunta: ¿Por dónde empezamos? Aunque os agradezco la infinidad de propuestas que sugerís, yo os animo a que empecemos por el sentido y la significatividad del aprendizaje.

El término “aprendizaje significativo” es introducido por Ausubel en la década de los años sesenta, aunque en nuestro país se ha popularizado más tarde.

Aprender de forma significativa consiste en establecer vínculos sustantivos entre los contenidos que el alumno posee y los contenidos del nuevo aprendizaje, produciéndose una modificación de los conocimientos previos a través de la memoria comprensiva. Para que este tipo de aprendizaje llegue a producirse, es necesario el concurso de una serie de condiciones: garantizar la significatividad desde la perspectiva de la estructura psicológica del alumno, asegurar la significatividad lógica basada en la estructura ordenada de la materia y hacer constar la significatividad desde el plano de la propia funcionalidad de lo aprendido.

Esta forma de aprender conlleva unas claras implicaciones educativas en la consideración de los contenidos, en el propio alumno y en la intervención de los educadores, que constituye una ayuda, pues es el alumno quien procede a la construcción en último término. Pero no debe olvidarse que es una ayuda insustituible, en tanto que el profesor, que conoce dónde puede y debe llegar el alumno, le guía y le proporciona los recursos y el andamiaje necesarios para que los significados que éste construye se aproximen paulatinamente a los del currículo escolar.

Aunque esto os parezca palabrería, los docentes lo aprendemos antes de adquirir nuestra condición de funcionarios. Por eso os aconsejo que empecéis por poneros en nuestro lugar para desarrollar empatía, una de las habilidades claves para la vida. Y antes de hacer propuestas, entrar en el aula de nuestro país y desde ahí estamos dispuestos a empezar por ese cambio educativo que proponéis.

Lo que saco en claro de este exposición de 86 páginas es que, si se nos quiere enseñar algo, que se nos enseñe a filosofar. Esto sí se les da muy bien a los que han elaborado este maravilloso “libro”.

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