No sin el profesorado

Francisco Melcón Beltrán

 

A punto de finalizar el primer trimestre del curso, son varios los asuntos relacionados con la educación que han concitado el interés mediático, tanto en la Comunidad de Madrid como a nivel nacional. Una vez más, el foco se ha puesto sobre el papel del profesorado, en relación a la recurrente búsqueda de la mejora de la calidad educativa. 

Para garantizar la paz en el sector, antes de la cita electoral del 20 de diciembre, el ministro de Educación ha puesto sobre la mesa la necesidad de alcanzar un pacto educativo y para ello ha provocado una polémica innecesaria, en los medios de comunicación, a cuenta del encargo que realizó al profesor Marina para que hiciese un Libro blanco sobre la profesión docente. En él se han incorporado algunas tesis o propuestas que han generado suspicacias entre el profesorado y las organizaciones sindicales. Este libro pretende ser el punto de partida para el debate que promoverá el ministro de Educación entre todos los miembros de la comunidad educativa (sic) sobre el futuro de la profesión docente.  

¿Cómo es posible que hablen de convertir

a los docentes en una profesión de élite,

cuando ni siquiera se les reconoce entidad para

tener voz propia en este debate?

 

El documento en cuestión no genera certezas entre el profesorado, sino incertidumbre y desconfianza. Parece que el deseado Estatuto Docente que lleva décadas reclamando el profesorado de la enseñanza pública tendrá que esperar a que los políticos tengan claro el modelo docente, según el ministro, al final de esta legislatura.  

Hay muchas contradicciones entre lo que se dice que se quiere hacer con los profesores y el trato que se les dispensa desde diversas instancias, que sistemáticamente anuncian una cosa y hacen otras. Para muestra, un botón: el ministro de Educación ningunea a los profesores restándoles protagonismo en el debate que quiere promover para definir el modelo de profesión docente, diluyendo su participación en lo que tenga que decir la comunidad educativa. 

Mal empezamos. Padres, estudiantes y personal no docente opinarán y harán propuestas sobre las características, los atributos profesionales y la formación de los futuros profesores. ¿Cómo es posible que hablen de querer convertir a los docentes en una profesión de élite, cuando ni siquiera se les reconoce entidad suficiente para tener voz propia en este debate? Este planteamiento hace evidente la falta de apoyo y consideración al profesorado, más allá de las declaraciones retóricas. 

Los políticos de los diferentes partidos, por diversas razones, son incapaces de ponerse de acuerdo sobre qué educación queremos para este país. No consiguen alcanzar el mínimo consenso porque tienen concepciones y visiones distintas sobre ella y un tamiz ideo­lógico por el que pasan las cuestiones educativas, que hacen imposible que pueda establecerse un diagnóstico compartido previo de la situación real del sistema educativo y mucho menos avanzar en el consenso sobre las mejoras que este necesita. 

Si no se define previamente el rumbo y hacia dónde debe apuntar la educación, si no se ponen de acuerdo previamente sobre el modelo educativo, ¿cómo puede pedirse al profesorado que avance, que se implique, que cambie su metodología, que asuma más responsabilidades y que se someta a nuevos requisitos y exigencias? 

Podría considerarse, metafóricamente, la educación española en una sociedad cambiante como una nave en el mar azaroso. Aun teniendo los mejores y más experimentados navegantes a bordo, el navío avanzará en zigzag haciendo eses si el capitán del barco no determina con precisión el rumbo, señala los objetivos y establece las etapas del viaje. Solo así, los navegantes sabrán qué se espera de ellos y qué deben hacer, y el avance será efectivo. 

No hay que «convencer a los docentes en activo de la trascendental y difícil tarea que les toca asumir”; la tenemos asumida y, por lo tanto, no hay involución educativa, como algunos dejan entrever. Es preciso, antes de abordar cualquier reforma de la formación y los sistemas de acceso a la docencia, definir o diseñar el modelo educativo que necesitamos y el sector docente asumirá los retos que sean precisos, como ha hecho durante décadas, aunque algunos no quieran reconocerlo, y a buen seguro que entonces la educación española conseguirá reducir las cifras escandalosas del abandono escolar temprano, su verdadero talón de Aquiles, y situarse en el puesto meritorio que deseamos. 

En la Comunidad de Madrid también se pretende fraguar un pacto por la mejora de la calidad de la educación antes de finalizar el curso, situando bajo la lupa el trabajo del profesorado, a los que se invita desde diversas instancias a despojarse de su práctica docente, adquirida a base de experiencia, y asumir nuevos métodos de enseñanza, a realizar cambios metodológicos, coordinarse, trabajar en equipo y un largo etcétera sin criterios bien definidos, que más que aclarar, confunden a los docentes. Cuestiones vagas e imprecisas que afloran periódicamente desde hace décadas, abordándose con poco rigor y generando titulares de prensa que poco ayudan a mejorar la docencia. 

Es evidente que hablar sobre los docentes es menos costoso que revertir los recortes, pero antes de establecer las líneas que definan un modelo profesional deben establecerse los derroteros y las señas de identidad de nuestra educación. 

 

Ahora se reaviva un debate déjà vu

en 2007 sobre la convivencia escolar

 

Los debates educativos, para que sean efectivos, requieren método y objetivos claros. Solo pueden extraerse conclusiones sesgadas y adoptarse soluciones parciales si antes no se realiza, forzosamente, una evaluación sistémica de la educación madrileña para ver cuáles son sus fortalezas y debilidades. De otro modo, no es posible acometer con rigor y credibilidad reforma alguna. Una evaluación censal y rigurosa de todo el sistema debe ser la base y el punto de partida para establecer un diagnóstico compartido de la situación educativa y sobre el profesorado, paso preliminar e imprescindible a la adopción de cualquier medida. 

En los presupuestos de 2016, las partidas educativas permanecen prácticamente inalteradas o aumentan en un leve porcentaje. La inversión educativa que contemplan para el próximo año no va a impedir que se mitiguen las carencias en cuanto a la contratación de profesorado, desdobles, disminución de ratios, desarrollo de programas, cobertura de sustituciones, etc., que afectan a la calidad educativa y que no van a solucionarse. Son unos presupuestos restrictivos, poco ambiciosos en lo que afecta a la educación y que condicionan la calidad de la enseñanza que se presta en la Comunidad de Madrid que, por cierto, será paliada por el buen hacer, la dedicación y la entrega de unos profesionales poco reconocidos y muy cuestionados. 

También ahora se reabre o, mejor, se reaviva un debate déjà vu en el año 2007 sobre la convivencia escolar, porque hay sectores a los que conviene tener contentos por el efecto pendular de la táctica política.  

No es una prioridad entre el colectivo profesional docente –tras cinco años de continuos recortes en la educación pública, que han afectado a la calidad de la enseñanza y a los derechos económicos y sociolaborales de los docentes– la apertura de un debate de esta naturaleza sobre la convivencia escolar, con el alcance que se anuncia: revisar la actual normativa, modificarla o sustituirla.

Ante la buena disposición de los actuales gestores, solo resta advertir que cualquier modificación o nuevos elementos que se introduzcan en la normativa vigente deben adoptarse con sentido y rumbo cauteloso, sin dejarse deslumbrar por quienes han estado aguardando la ocasión para imponer unos planteamientos y unas soluciones difíciles de compartir sobre este sensible asunto. 

Por último, una petición: dejen la educación en manos de los profesionales, que por tradición, por experiencia a pie de aula y por formación sabrán estar a la altura de las circunstancias, y a buen seguro que, sin interferencias, conseguirán forjar ese pacto educativo imposible en otros ámbitos.

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