Todo vale cuando se trata de un profesor

 

inmaculada Suárez Valdés

Inmaculada Suárez Valdés

 

 

Antes todo era más sencillo. La comunicación entre padres y profesores discurría por otros derroteros: diálogo directo, entrevista con el profesor, escucha activa y el pensamiento más o menos generalizado de que la colaboración entre ambas partes era imprescindible en la educación de los hijos.

Pero eso era antes, cuando estaban delimitadas las funciones y competencias de cada sector de la comunidad educativa y al profesor se le reconocía como autoridad en su función educadora y como persona especialista en su materia.

No sé muy bien en qué momento se abandonó el camino; lo que sí sé es que distintas circunstancias y actitudes nos han conducido a un terreno de arenas movedizas que cada día se hace más difícil de sortear. Tanto cuidado debemos prestar a que una mirada no sea mal interpretada, a que un tono de voz, una broma, una llamada de atención no nos traigan problemas que andamos al final más atentos al cómo lo digo –para que nadie se sienta ofendido– que al contenido que estamos trasmitiendo.

Desde la Administración y nosotros mismos hemos permitido que el virus del “todo vale cuando se trata de un profesor” se haya inoculado en el mundo educativo. Nuestra postura de inacción y el pensamiento mágico: a mí esas cosas no me pasan –hasta que me pasan– contribuyen a perpetuar las conductas difamatorias y agresivas que muchas veces los padres utilizan contra nosotros.

Resulta preocupante el cariz que están tomando estas malas prácticas. Hablo con conocimiento de causa. El servicio del Defensor del Profesor recibe diariamente llamadas de profesores/as que denuncian los malos modos, los gritos, insultos, injurias, denuncias… que están sufriendo de unos padres que no tienen reparo en recurrir a la mentira, a la exageración, a sacar las cosas de contexto con tal de dejar claro que son dueños de vidas y haciendas y los que imponen las normas, aunque estas nada tengan que ver con el hecho de educar, formar o adquirir conocimientos.

Pero lo más triste de todo es el refuerzo que reciben estos padres en sus actuaciones: direcciones que escuchan y permiten, junto con las difamaciones, los malos modos de alumnos y progenitores; una Inspección que se presta al juego y prejuzga antes de conocer los hechos. El sentido común debería bastar para darse cuenta de la sinrazón de lo que se denuncia. Pero lo cierto es que una vez abierta la veda el profesor lo tiene difícil, al menos durante el tiempo que dura la cacería.

Da igual que esos mismos padres hagan alarde de prepotencia en el momento de la denuncia, se muestren violentos en sus expresiones o maleducados; que las cuestiones que se planteen tengan más que ver con un afán de dictar sus propias normas que con que el profesor haya transgredido alguna de las normas establecidas en el plano administrativo, personal o pedagógico

Y lo que más llama la atención de todo. Estos responsables de la Administración, que no aguantarían del profesorado una palabra más alta que otra, que reaccionan con severidad si creen sentirse amenazados ante cualquier observación contraria a sus propuestas, exigen que sus administrados pasen por las horcas caudinas de padres y alumnos si no quieren ver cómo a estos se les sirve en bandeja su vida profesional en forma de expediente administrativo.

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