La desautorización del profesor o la vuelta a la prehistoria

Carolina

Carolina Fernández del Pino Vidal

El dicho africano “se necesita una tribu para educar a un niño” merece un momento de análisis. No puede estar refiriéndose a que todos los miembros de la tribu van a transmitir al niño el mismo conocimiento sino a que cada uno de ellos estará encargado de “educar” al niño en el ámbito que le corresponda.

El ser humano se distingue por su capacidad de pensamiento abstracto, que permitió la creación de un lenguaje de alta complejidad. Este lenguaje posibilitó el trabajo coordinado, la especialización y, una vez adquirido este conocimiento, la transmisión del mismo a generaciones venideras para que no tuviesen que empezar de cero. Siglo tras siglo durante miles de años, el ser humano ha ido construyendo el conocimiento que hoy permite, por ejemplo, pensar que el cáncer tendrá curación; la creación de inteligencia artificial; navegar por internet o disfrutar de la calefacción, el metro, el paracetamol, la noria, los pasos de cebra, un viaje a Japón. 

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Los profesores nos especializamos en la
transmisión del conocimiento acumulado

Todo esto no es un milagro ni es natural, no nos lo encontramos colgando de un árbol en el bosque. Es el resultado acumulado, a lo largo de miles de años, del estudio, el trabajo y el esfuerzo conjunto de millones y millones de seres humanos. Cada uno aportó, desde su área de conocimiento especializado, su granito de arena. Tanto hemos avanzado que, desde hace milenios, nadie sabe todo.

Hoy en día todos estamos en alguna medida especializados y dependemos de un sinfín de especialistas en nuestra vida diaria. Para que pudiésemos saber todo de todo, tendríamos que volver a vivir en la prehistoria.

Los profesores nos especializamos en la transmisión de este conocimiento acumulado. La capacidad de transmitir saberes requiere una especialización, unos conocimientos específicos. Lo que distingue a un maestro o profesor, sobre todo en las etapas obligatorias, no son solo sus conocimientos de una materia en concreto, sino su especialización en la transmisión de esos conocimientos.

Sin embargo, en las últimas décadas nuestra “especialización” (conocimientos y capacidad de transmitirlos) se ha desdibujado con la llegada de frases como “aprender a aprender”, “el control de su propio aprendizaje”, “el aprendizaje compartido”.

A quienes son ajenos a nuestra profesión, estas frases les pueden sonar a algo muy moderno, pero los conceptos englobados son una parte intrínseca de la definición de maestro y no suponen ninguna innovación con respecto a lo que hacían los grandes maestros en Grecia. La “profesión de maestro” abarca no solo la transmisión del conocimiento, sino también la capacidad de posibilitar que el alumno lo utilice, construya sobre él e incluso desarrolle nuevos campos del saber.

Pero como los gobernantes sistemáticamente convierten a los profesionales de la educación en vigilantes, transmisores, cuidadores, capacitadores, mediadores, burócratas, administrativos y un sinfín de cosas más, desdibujan nuestra profesión y transmiten a la sociedad su minusvaloración de nuestra especialización. Si podemos hacer todo, no sabemos hacer nada.

La escuela pública fue la herramienta
democratizadora del siglo XIX

La continua desautorización del profesorado viene de esta “des-especialización”. Y se pone de manifiesto cada vez que se realiza una “reforma educativa”. Las reformas educativas se llevan a cabo sin la presencia de profesores. Es la forma más eficaz de transmitir a la sociedad que no somos especialistas en educación, ya que los cambios mayores y más profundos se pueden llevar a cabo sin docentes.

¿Se podría realizar una reforma sanitaria sin la participación de los médicos? ¿Se vería normal que un pequeño grupo de pacientes de un hospital decidiese quién debería dirigirlo? ¿O quién debería ser el cirujano jefe? ¿O si es mejor realizar una intervención quirúrgica de tal o cual manera? ¿Podemos elegir la quimio que nos deben dar?

De igual manera que no hemos alcanzado en un solo día el conocimiento universal que tenemos actualmente, tampoco hemos llegado a esta situación de descrédito por un solo hecho ni bajo un solo partido político. Han sido décadas de menosprecio, no solo hacia los profesionales sino también a la red pública educativa.

La escuela pública fue la herramienta democratizadora del siglo XIX. En 1820, más del 80 % de la población mundial era analfabeta. Hoy, gracias a las redes públicas, estamos en torno a un 20 %.

A veces, cuando veo cómo los políticos “juegan innovando” con la educación pública, me pregunto: “¿A dónde llevará a sus hijos?”. Es curioso comprobar a veces cómo los defensores más acérrimos de las enseñanzas posmodernas optan por las ofertas educativas más tradicionales para sus hijos. Los inventos para otros.

La innovación de la educación es necesaria. El avance, el progreso son intrínsecos al conocimiento. Pero debe ser una innovación basada en la experiencia recogida en las aulas y pensada para lograr objetivos educativos. No para hacer progresar ideologías, tendencias, modas ni tampoco planteada como único objetivo.

En las últimas décadas nuestra
“especialización” se ha desdibujado

Al abordar la educación o su reforma, es necesario colocar al alumno y sus necesidades actuales y futuras en el centro del debate, y no olvidar que el docente es el especialista sobre quien se fundamenta el proceso educativo. Sin profesor, no puede existir la educación formal. Sin educación formal, sin la transmisión de nuestro conocimiento universal acumulado de forma sistemática y organizada, estamos condenados a la “pre-historia” que conlleva necesariamente la repetición de la historia, el continuo aprendizaje del presente.

Es esta nuestra mayor riqueza, la de no partir de cero cada mañana o generación, y esto marca la diferencia, en realidad, con el resto de las especies. Empezamos cada día partiendo de miles de años de conocimiento.

Post data. Un aparte: la realidad es tozuda

Ya sé que la educación es desafortunadamente uno de los campos de batalla de los partidos políticos; sin embargo, por el bien de los alumnos, es necesario que las reformas, los proyectos o los planes educativos que formulan los políticos y pedagogos sean realistas. Que se planteen si realmente consideran posible una educación de calidad, inclusiva, con clases de 25 alumnos, donde hasta 25 de ellos podrían tener necesidades educativas especiales, ya que no existe legislación estatal vigente al respecto.

Pero sin llegar a esos extremos, ¿qué tal 25 alumnos, cinco con necesidades educativas especiales y otros cinco con necesidades educativas específicas? Lo que nos lleva a entre 6 o 16 programaciones distintas para “transmitir” no sé cuántas “habilidades”, “capacidades” o “destrezas”, todo en periodos de 50 minutos, sin olvidar la formación integral, completa, transversal, individual y comprensiva.

Y ahora hagamos un ejercicio de visualización. Pongan caras de niños y niñas de primero de Infantil (tres añitos) a esos 25 alumnos. Y en su imaginación déjenles cobrar vida y moverse por el aula. Ahora, pónganles caras de adolescentes de 14 años y déjenles cobrar vida.

Somos profesores. No somos magos.

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