La motivación de Wang

Rosalia2016

Rosalía Aller Maisonnave

… porque consideren los que heredaron nobles estados
cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial,
y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria,
con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.
Lazarillo de Tormes, 
Prólogo

A  diario redes sociales y telediarios compiten por difundir noticias que muestran la cara más baja, perversa, deshonesta o patética de nuestra especie. Cuando entre ellas aparece una rara avis que evidencia, desde su sencillez de hecho cotidiano, la otra dimensión, la admirable, la heroica, el hecho se convierte en sorpresa y, rápidamente, se vuelve viral. Estamos necesitados de belleza interior, de bondad, de verdad.

Recién inaugurado el 2018, golpeó conciencias la conmovedora historia de Wang Fuman. A sus ocho años camina a diario 4,5 kilómetros para llegar a la escuela, con ropa inadecuada para resistir las temperaturas bajo cero que han dejado su pelo como un gran copo de nieve. Ni la inclemencia del clima ni la pobreza de su entorno ni las risas de sus compañeros ni la insensibilidad de las autoridades impiden que cumpla rigurosamente con la asistencia y sea un alumno destacado en matemáticas, escribiendo con unas manitas heridas y prematuramente envejecidas por el intenso frío.

Ha sido su sabio maestro quien ha tomado y difundido esta foto cargada de simbolismo, para hacer visible una dura realidad, que pronto generó como respuesta una generosa recaudación para revertir la situación precaria del niño, otra noticia que puede animarnos a seguir creyendo en lo mejor de la condición humana. La otra cara de la moneda es que, según también informan los medios, el pequeño solo ha recibido un 2 % de esos donativos. La organización recaudadora ha decidido que el resto (¡el 98 %!) estará destinado a “otros niños que viven como él en condiciones precarias”. Puede ser, pero de ellos debería ocuparse el Gobierno –añadimos– en lugar de administrar “discrecionalmente” un dinero que no era para sus manos, sino para las enrojecidas y maltrechas del pequeño Wang.

 

Diario ABC, 10/01/2018.

                                                                                                                   Diario ABC, 10/01/2018

Wang nos recuerda a aquellos tiernos personajes infantiles de la narrativa de Galdós, Dickens, incluso de una de las fuentes de esta manera de contar apegada a la tierra: la picaresca española. Pequeños supervivientes en un entorno extremadamente adverso. ¡Cuánto más fácil es avanzar al amparo de un hogar!  Hay claroscuros en esta historia entretejida con amor y egoísmo, valentía e indiferencia. Pero optamos por quedarnos con esa imagen del pequeño, abandonado por su madre y distante de su padre, que trabaja muy lejos —una realidad que afecta a 61 millones de menores en áreas rurales de China–, que desde su casa de barro y paja sueña con ser policía para atrapar a la gente mala, según dijo a los periodistas.

Wang es, esencialmente, un niño como tantos que frecuentan los centros educativos madrileños, aunque sus circunstancias sean diferentes. O no tanto. También aquí, como en todas partes, hay niños que sufren diversas formas de abandono o que soportan situaciones familiares dolorosas, por razones económicas u otras. Está lejos, pero todos pisamos el mismo planeta.

Estamos necesitados de belleza interior,

de bondad, de verdad

Resulta que hoy determinados opinólogos pedagógicos intentan convencernos de los infinitos males del esfuerzo, la memoria, los deberes, la disciplina, las normas…, elementos todos indudablemente atentatorios contra la “felicidad”. O contra el concepto que estos ponentes profesionales parecen tener de ella. Quizás solo sea una idea “de exportación” que no practican en su propia vida personal ni familiar. Pero en este caso, sería de agradecer que tampoco contaminaran el mundo educativo actuando con la doblez de Sempronio, personaje de La Celestina, que pontificaba: “Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago”. Solo que estos teóricos actúan al revés: dicen mal, pero queda la duda –y la esperanza– de que actúen bien, dada la escasa operatividad de sus enseñanzas, carentes de cimientos en la realidad escolar e incluso en la vida laboral. ¿Se podría funcionar en el mundo del trabajo o hacer una carrera universitaria con tal laxitud y “alegría”? Muy difícil.

Si mediante un discurso confluyente se inculca en la mente infantil que educarse es un derecho –por tanto, algo valioso– además de un deber; que es una forma de inserción en la sociedad en mejores condiciones; que es el ejercicio de la inteligencia, el estímulo de la sensibilidad, el cultivo de las relaciones sociales; que el hombre tiene la fortuna de disponer de instituciones que le proporcionan enseñanzas y formación integral, además de las que pueda recibir en el medio familiar; que esto es una ventaja sobre los animales, pues a su modo también preparan a sus crías para la vida, pero de forma mucho más precaria; si les hacemos ver que hay felicidad en enriquecerse interiormente, devenir mejor persona, prepararse para la independencia que da el espíritu crítico, familiarizarse con la duda propia o ajena y con la discrepancia –esto me enseñaron en un curso de Pedagogía hace mucho y me cuesta encontrar hoy teóricos que me lo refrenden– los haremos más libres y más resistentes ante la adversidad. Más felices. Según el Diccionario de la lengua española, la motivación es un “conjunto de factores internos o externos que determinan en parte las acciones de una persona”. Entre esos diversos factores, sin duda ocupa un lugar preponderante la figura del docente, su profesionalidad, destreza, empatía, autoridad intelectual y moral, pero también son fundamentales la visión que los padres, la sociedad o la propia Administración transmiten a los niños y jóvenes acerca del valor de la educación.

Determinados opinólogos pedagógicos intentan 

convencernos de los infinitos males del esfuerzo,

la memoria, los deberes, la disciplina, las normas…

Porque la felicidad no es un estado de Nirvana continuo, ya que la vida se encarga de ir mostrándonos diversas caras, no todas agradables, y hemos de estar preparados para no espantarnos y huir ante el “coco” del dolor, el fracaso, el error. 

Entonces, ¿cuál es la motivación de Wang, tan fuerte que lo hace superar su propia y frágil naturaleza para seguir avanzando en medio de tanta adversidad, para repetir diariamente su helada aventura? ¿No se estarán equivocando quienes abogan por la sobreprotección de los niños y jóvenes, en lugar de abrirles bien los ojos, porque la vida verdadera está a la vuelta de la esquina y los padres pueden no estar ahí para hacerle frente? “Niños blanditos” se está empezando a llamar a esta generación dulzona, educada en el confort extremo, el consumismo y la frivolidad, demandante con sus padres y poco exigente consigo misma. Por supuesto, no son todos los niños y jóvenes. Es más, deseamos que sean una minoría, en beneficio de la sociedad futura.

Wang no tiene padres que le ayuden con los deberes ni que cuestionen al profesor si el niño no saca buena nota. Ya se encarga él de obtenerla, aunque deba hacerlo escribiendo con sus manitas llagadas. Nadie sacará la cara por él ni ahora ni más adelante, porque a la escuela solo llega –sin falta y aun con nueve grados bajo cero– su carita enrojecida bajo una mata de pelo hirsuto y blanco de nieve. 

Por cuanto tiene de verdad y de lección, la historia de Wang nos conmueve.

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