Dic 10

En contra de una escuela inclusiva

Ricardo Moreno Castillo

 

El título de la conferencia puede parecer reaccionario y políticamente incorrecto. Y en efecto, sería reaccionario si fuera la expresión de un deseo, pero no es así. Es la constatación de lo que a mi juicio es una imposibilidad. No cabe duda que sería deseable una enseñanza obligatoria hasta los dieciocho años de la cual salieran todos con una solidad formación científica y humanística, dominando el latín y un par de lenguas modernas. Sería estupendo, pero sabemos que no es posible. No todo el mundo tiene la inteligencia, y la capacidad de trabajo para ello. Y si nos empeñamos en conseguir lo imposible gastamos un tiempo, unos recursos y unas energías que estarían mejor invertidas en conseguir lo que sí es posible. Algo así como si desviáramos parte de los recursos dedicados a la investigación médica a crear una pócima que conceda la inmortalidad. No solo no se conseguiría la inmortalidad, sino que la sanidad retrocedería al quedar con menos recursos. Entonces desearía que antes de descalificar este discurso como reaccionario y retrógrado se reflexionase cuidadosamente sobre los argumentos que vendrán a continuación. Puedo estar equivocado, por supuesto, y que la inmortalidad sea posible, pero mientras no se me convenza de ello es absurdo llamar reaccionario a quien piensa que la muerte es inevitable.

El mismo aire que hace posible

el vuelo también lo dificulta

 

Además, el tema del cual vamos a tratar es más amplio de lo que indica el título, pues la alternativa entre escuela inclusiva y exclusiva no es más que una manifestación de otras que a su vez no son más que la natural consecuencia de la misma finitud del mundo y la de la condición humana. Y esa finitud da lugar a tres limitaciones extremadamente dolorosas pero que negarlas en nombre de lo políticamente correcto solo lleva a utopías irrealizables y a delirios. Las tres limitaciones son las siguientes:

1. Toda posibilidad es un límite.
2. La igualdad de oportunidades genera desigualdades.
3. La libertad y la igualdad son casi siempre cada una de ellas la frontera de la            otra.

La primera es ya muy antigua, y se explica muy bien a la luz de la parábola utilizada por Kant para explicar cómo el lenguaje, que nos posibilita el pensamiento, también nos lo limita. Más allá de él no podemos pensar. Una paloma volaba con dificultad porque lo hacía en contra del viento, y pensaba: “Si no hubiera aire, podría volar más libremente”. No, si no hubiera aire no podría volar de ninguna manera.  El mismo aire que hace posible el vuelo también lo dificulta. Chesterton explica lo mismo con otro símil muy ingenioso: “Me gustan tanto las ventanas que llenaría la pared de ventanas. Pero si abro muchas ventanas, me quedo sin pared, y entonces también me quedo sin ventanas”. La misma pared en la cual se pueden abrir ventanas nos coarta el abrir demasiadas. Pensemos en una locomotora o un coche. El rozamiento dificulta el movimiento de las ruedas y los engranajes, y por ello lo atenuamos engrasando los segundos y haciendo circular por railes las primeras. Ahora bien, si consiguiéramos un rozamiento cero la locomotora no se movería: sus ruedas patinarían y el avance también sería cero. El rozamiento posibilita el movimiento pero también lo limita. Recordemos esos problemas que nos ponían de niños: “Si diez obreros hacen una casa en un año ¿cuánto tardarán treinta obreros?” La casa estaría terminada en aproximadamente cuatro meses. Cuantos más obreros, menos tiempo. Ahora bien, siguiendo el mismo modelo matemático llegaríamos a que mil obreros harían la casa en menos de cuatro días. Y sabemos que no es así, mil obreros no terminarían la casa ni en cuatro días ni en cien años, porque no harían más que estorbarse los unos a los otros. Aumentar el número de trabajadores facilita y abrevia el trabajo, pero solo hasta cierto punto, a partir del cual lo imposibilita.

 

 

Un cierto conocido mío, ferviente partidario de la igualdad, se encontró con este problema. Quería construir una casa y en el paro había mil obreros disponibles. Calculó que si contrataba a los treinta más competentes, la casa estaría lista en cuatro meses. Pero pensándolo bien, se le ocurrió que eso discriminaría a los otros novecientos setenta y que además, contratar a los mejores sería buscar la excelencia, caer en el elitismo y fomentar la competitividad entre los obreros de la construcción. Entonces decidió contratar a los mil. Al cabo de pocas semanas se agotó el dinero, la casa no había sido ni empezada y los mil obreros volvieron al paro. Ni siquiera el tiempo de trabajo les sirvió para mejorar su experiencia profesional, porque haber colaborado en la construcción de una casa que jamás ha sido construida no parece que realce el currículum de nadie. Le hice ver a mi amigo que se había quedado sin casa y sin dinero, y que si eso lo había hecho para mantener su propia imagen de persona avanzada, enemiga del elitismo y la discriminación, el precio había sido muy alto. “Pero es que construir la casa”, me dijo “no era el objetivo principal, lo importante era que nadie se sintiera discriminado”. “Sí, claro”, le contesté “pero te ha costado mucho dinero”. “Bueno, en realidad la casa no era para mí, iba a ser un local social, así que el dinero tampoco era mío, procedía de una subvención”. “Ahora ya lo entiendo mucho mejor: te has gastado un dinero de todos en mantener el gran concepto que tienes de ti mismo de estupendo y de progresista”. “No es eso”, respondió, “es que el dinero de todos no puede ser usado para discriminar”. Mi amigo era un hombre enemigo acérrimo de la exclusión y decidido adversario del elitismo y la excelencia, no cabe duda, pero ser coherente con sus ideas le llevo a que una subvención destinada a construir una casa fuera invertida en conseguir que la casa jamás fuera construida. Y por supuesto, ni se le ocurrió que había discriminado a los beneficiarios del local social, que se quedaron sin él. El resultado tampoco le hizo cuestionar sus ideas, más bien al contrario, le hizo sacar pecho, vanagloriarse de su coherencia y radicalismo y, por supuesto, echar la culpa a terceros: el problema estaba en que la subvención había sido escasa y había que invertir más en locales sociales. Que el fracaso pudiera deberse a su estupidez y su mala administración ni se le pasó por la cabeza.

 

Que nadie sea excluido

no implica que todo el mundo

haya de tener idéntico éxito

 

Esto que estoy diciendo se ha de tener muy presente en todas las tareas humanas, porque si no reconocemos el límite de nuestras posibilidades, acabamos con nuestras posibilidades. Y mucha atención: no es que las posibilidades humanas, en cuanto tales, tengan límites, eso es evidente, sino que es el límite de la posibilidad lo que hace que esta sea posible. Empeñarse en lo contrario es la falacia en la cual han caído todas las utopías que en el mundo han sido. Las utopías sociales han costado millones de muertos, las educativas, si bien no han sido tan letales, han terminado perjudicando a quienes pretendían beneficiar: a los alumnos de origen familiar más modesto cuyo único camino para promocionarse es la escuela y el conocimiento.

Y sobre esta última utopía vamos a hablar. La escolarización al alcance de todos, con ser una magnífica posibilidad, también tiene un límite, como no puede menos de suceder en todas las realidades terrenas, y no reconocer el límite acaba con la posibilidad, como sucede con los cuatro ejemplos citados hace un momento. La escuela ha de estar abierta a todos, no cabe duda, pero que nadie sea excluido no implica que todo el mundo haya de tener idéntico éxito. Poner la escuela al alcance de todos sin tener en cuenta la condición humana es como fabricar aviones sin tener en cuenta la resistencia del aire. Y la condición humana es la que es: no todo el mundo tiene capacidad intelectual para aprender cualquier cosa, y entre quienes sí la tienen no todos están dispuestos a estudiar, ni a esforzarse por aprender, ni a portarse correctamente en clase. Esto ha llevado a que quien no quiere aprender sigue sin aprender, y quien quiere aprender no puede por culpa de quienes no quieren, que se dedican a boicotear toda posibilidad de que se pueda dar clase en condiciones razonables. ¿Cómo disimulan los mentores del disparate esta situación? Pues muy fácil: mediante una igualdad mentirosa. Entre promociones por imperativo legal, aprobados misericordiosos, presiones de la inspección y rebajas de temporada (lo que técnicamente se llama “adaptaciones curriculares”), se acaban regalando títulos cuya posesión no significa nada, ni conocimientos, ni madurez ni capacidad de trabajo. Algo así como si se acercara una epidemia de viruela y, en lugar de vacunar a la población, se les diera un certificado de haber sido vacunados. Por hacer una enseñanza que no excluyera a nadie se ha hecho una enseñanza que excluye, por un lado, a quienes más podrían aprender y por otro, a quienes no quieren o no pueden y se les ha hecho perder un tiempo que habrían podido dedicar más provechosamente a aprender un oficio. Una enseñanza que pretenda no ser excluyente en absoluto es la más excluyente.

Uno de los gurús de la pedagogía actual, el profesor Santos Guerra, consagraba la estupidez que estoy denunciando (en un artículo publicado en Trabajadores de la enseñanza), en el cual, entre otros despropósitos, decía lo siguiente: “Los alumnos y alumnas tienen derecho a la educación. Y también tienen derecho al éxito en la educación”. En lo primero estoy de acuerdo, pero ¿y lo segundo? Si no tengo éxito porque no atiendo en clase, ni hago las tareas, ni estudio ¿voy a culpar a alguien? Una buena enseñanza, lógicamente, excluye a quien no la quiere aprovechar, igual que una buena sanidad pública excluye a quien no obedece a los médicos. Si tengo una enfermedad y voy a peor porque me niego a obedecer a los médicos ¿voy a criticar a la sanidad por excluyente? Un poco de cordura, por favor. Nadie se cura sin poner mucho de su parte, porque a nadie le gusta que le priven del tabaco o el alcohol, ni que un cirujano le abra la tripa, ni que un practicante le pinche en salva sea la parte. Someterse a todo esto requiere un esfuerzo por parte del paciente que nadie puede hacer en su lugar. Claro que hablar del esfuerzo del paciente para conseguir el éxito sanitario podría ser, a juicio de algunas almas de cántaro, hacer una sanidad punitiva y represiva, sería volver al franquismo. Esto no es ninguna broma: en algún que otro blog se puede leer que la pedagogía del esfuerzo es volver al franquismo. Y esto sucede en todos en todos los ámbitos de la vida, y con esto entro en la limitación número dos: la igualdad de oportunidades, con ser una gran cosa, tropieza con un límite: la libertad que tenemos todos de aprovechar o no las oportunidades, libertad que inevitablemente genera desigualdades. Si suprimimos los conservatorios y prohibimos la educación musical conseguiremos la igualdad: todos seremos igualmente ignorantes en música, y nadie tendrá razones para envidiar a nadie porque toca muy bien un instrumento. Eso sí, a costa de cercenar la libertad de quienes sí les gustaría dedicarse a la música, que no pueden hacerlo. Si concedemos esa libertad y abrimos conservatorios en los cuales pueda matricularse quien quiera, tenemos ya la desigualdad de resultados: unos poseen más aptitudes que otros, y entre quienes sí las poseen, no todos tienen el tesón y la fuerza de voluntad para practicar cada día. A no ser, claro, que para recuperar la igualdad se obligue por ley a todo el mundo a matricularse en un conservatorio, pero entonces los que están a la fuerza no dejarán aprender a quienes sí quieren. Además, a quienes sí quieren habría que enseñarles muy poquito, no vaya a ser que caigamos en el elitismo de que destaquen los hijos de los músicos, que ya llegan con cierta ventaja. Y volvemos a la igualdad inicial: nadie aprende música, igual que si no hubiera conservatorios. Solo que esa ignorancia musical que se hubiera podido conseguir de balde sin gastar nada en conservatorios, ha costado mucho dinero, igual que la casa que nunca fue construida. No parece esta una manera muy cuerda de administrar los recursos públicos. Y esto toca ya a la limitación número tres: la libertad y la igualdad son cada una frontera de la otra. Casi cualquier progreso de una de ellas es a costa del retroceso de la otra. Y esto sucede hasta con la libertad de expresión. Cuando una dictadura persigue la libertad de expresión, todos los ciudadanos son iguales. El listo y el tonto no se distinguen el uno del otro. Las ideas circulan clandestinamente, las sensatas y las disparatadas sensatas, igualadas por el prestigio de lo prohibido. Pero conseguida esta libertad, queda claro la diferencia entre las propuestas razonables y las delirantes, y queda claro que luchar por el derecho a expresar libremente tus ideas, aunque sea algo heroico y loable, es intelectualmente más fácil y menos comprometido que tener ideas. Y también se hace evidente la diferencia entre quienes callaban por culpa de la censura y quienes callaban porque no tenían nada que decir. La desigualdad, en definitiva, entre los listos y los tontos, quienes pueden disimular su condición con mucha más facilidad en ausencia de la libertad de expresión. Esta alternativa, terrible y excluyente pero inevitable, la explica muy bien el filósofo Karl Popper en su Búsqueda sin término (una especie de autobiografía intelectual):

“Si pudiera haber una cosa tal como el socialismo combinado con la libertad individual, seguiría siendo socialista. Porque no puede haber nada mejor que vivir una vida libre, modesta y simple en una sociedad igualitaria. Me costó cierto tiempo reconocer que esto no es más que un hermoso sueño: que la libertad es más importante que la igualdad, que el intento de realizar la igualdad pone en peligro la libertad, y que si se pierde la libertad ni siquiera hay igualdad entre los no libres.”

¿Y qué tiene que ver esto con la educación? Pues tiene que ver que la educación inclusiva e igualadora que padecemos vive a costa de una libertad legítima: la libertad de los que desearían y podrían estudiar un bachillerato largo y riguroso, la libertad de quienes desearían ir a la escuela a aprender cosas y no a ser felices ni a controlar las emociones, la libertad de quienes quieren aprender de verdad y no aprender a aprender. Nuestro sistema educativo cercena, aplasta y suprime esta libertad, y las víctimas más vulnerables de esta supresión son los alumnos de las familias más desfavorecidas, que lo que no aprenden en la escuela no lo aprenderán en ningún sitio.

La libertad y la igualdad

son cada una frontera de la otra

 

Ahora saldré al paso de una objeción que se me ha hecho infinidad de veces: la igualdad de oportunidades es una apariencia engañosa, porque una enseñanza sólida excluye a quienes tienen menos recursos porque la falta de ambiente y ayuda en su casa les dificulta el seguir las clases con el mismo provecho que quienes sí tienen esas ayudas, cuyo punto de partida ya es más alto. Esto es cierto solo en parte, luego diré por qué, pero bajar el nivel de conocimientos no disminuye las diferencias, por el contrario, muy por el contrario, las amplía.

Pensemos en un módulo profesional donde se forma a futuros electricistas. Se supone que se ha de hacer trabajar a fondo a los estudiantes para que se conviertan en buenos artesanos de la electricidad. Esto parece de sentido común. Pero hay una objeción: esto sería ventajoso para el que es hijo de electricista, que ha visto trabajar a su padre, ya conoce algo del oficio y parte con ventaja sobre sus compañeros. Pues si alguien aprovechó las posibilidades familiares para aprender un oficio, mejor para él, pero si en aras de la igualdad se baja el nivel de trabajo y exigencia, solo se ha conseguido que todos pierdan el tiempo y que el título obtenido al final no sea más que papel mojado. Para que uno no pueda aprovechar unas ventajas se perjudica a todos sin beneficiar a nadie. Y lo que es peor, se acentúan las desigualdades que se pretenden paliar. Porque al hijo del electricista ya le enseñará su padre lo que no le enseñaron en el curso, pero los demás han perdido definitivamente la posibilidad de convertirse en buenos profesionales de la electricidad. Eso sí, no han tenido que esforzarse para aprender en el curso lo que no podían aprender fuera, porque eso de esforzarse es algo muy traumático, pero la pequeña diferencia inicial se ha convertido en un abismo insalvable. Querer igualar, bajando el nivel, a los que proceden de padres con estudios con los que proceden de padres que no los tienen, perjudica más a los segundos que a los primeros. Si los que no tienen ayuda en casa tampoco la encuentran en el instituto porque no se les hace estudiar ni se les inculca el hábito del esfuerzo, están perdidos para siempre, y por muy inteligente y trabajador que sea un hijo de padres incultos, y por muy tonto y vago que sea un hijo de familia más leída, siempre quedará el primero por debajo del segundo. Lo que no aprende el pobre en el instituto no lo podrá aprender en ningún sitio, y sólo en un sistema de enseñanza donde se valora el trabajo y la inteligencia pueden competir ambos en igualdad de condiciones. El que parte con desventaja es posible que tenga que esforzarse más, pero no es un esfuerzo sobrehumano, lo puede hacer cualquiera, y si se le exime de ese esfuerzo para disimular la desigualdad, la desventaja de partida se convierte en crónica. Esto lo explicó muy bien el expresidente Barack Obama en una alocución que dio en la escuela secundaria Wakefield, en Arlington, en la cual insistió en la falacia de envolverse en las circunstancias sociales adversas para justificar ser un mal estudiante:

He dado muchos discursos sobre educación. Y he hablado mucho sobre responsabilidad. He hablado sobre la responsabilidad de vuestros profesores para inspiraros y haceros estudiar, sobre la responsabilidad de vuestros padres para que permanezcáis encarrilados, hagáis vuestros deberes, y no paséis todo el tiempo frente a la televisión. He hablado mucho sobre la responsabilidad del gobierno para elevar los niveles, apoyando a los profesores, y mejorando aquellas escuelas donde los estudiantes no tienen las oportunidades que merecen.

Pero podemos tener los profesores más entregados, los padres que más os apoyen y las mejores escuelas del mundo, y todo ello será inútil si vosotros no cumplís con vuestras responsabilidades, asistís a esas escuelas, ponéis atención a esos profesores, escucháis a vuestros padres y trabajáis todo lo duro que hace falta para triunfar.
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Quizás no tenéis adultos en vuestra vida que os den el apoyo que necesitáis. Quizás alguien en vuestra familia ha perdido su trabajo, y no hay suficiente dinero. Quizás vivís en un vecindario donde no os sentís seguros, o tenéis amigos que os presionan para desviaros del buen camino. Pero al final, las circunstancias de vuestra vida no son una excusa para descuidar vuestros deberes escolares o tener una mala actitud. No es excusa para ser groseros con vuestro profesor, hacer novillos, o abandonar la escuela. No es excusa para no intentarlo.

Este argumento, el de bajar el nivel para compensar a los que proceden de ambientes más desfavorecidos, de ser válido, ha de extenderse a la universidad. En primer lugar, porque si has impedido a los estudiantes alcanzar un conocimiento sólido, no se puede exigir tal conocimiento para entrar en la universidad, luego esta ha de enseñar desde más abajo. En segundo, porque dar mucho nivel en una facultad de derecho, medicina o ingeniería es dar ventajas a quienes proceden de familia de juristas, médicos e ingenieros, luego hay que enseñar y exigir poco, para que no se note la diferencia. De este modo, todo el sistema de enseñanza se ha convertido en una engorrosa maquinaria cuya función fundamental no es enseñar, sino impedir que nadie destaque, no vaya a ser que se caiga en el elitismo. Pero sucede que necesitamos buenos juristas, buenos médicos y buenos ingenieros, y éstos sólo pueden proceder de buenas universidades. Y una universidad, por buena que sea, poco puede hacer con un estudiante que llega inmaduro, pidiendo que le motiven, con poca costumbre de estudiar y redactando mal. No hay otra salida: o se tiene un bachillerato exigente, donde se inculca a los estudiantes el hábito del trabajo y del esfuerzo, o los juristas, médicos e ingenieros procederán de la enseñanza privada. Y por no caer en el elitismo de la inteligencia y la fuerza de voluntad, se cae en el económico.

 

Bajar el nivel de conocimientos no disminuye

las diferencias, por el contrario,

muy por el contrario, las amplía

 

Es cierto, dijimos hace un momento, que los estudiantes con padres con estudios parten con ventaja, pero también apunté que solo es cierto en parte. Una de las razones también la dije: el esfuerzo que tiene que hacer quien comienza con una cierta desventaja no es sobrehumano ni insuperable. Cuando empecé mi singladura profesional estuve en instituto de un pueblo costero de Galicia. Es verdad que entonces lo que podríamos llamar la burguesía ilustrada solía llevar a sus hijos a la enseñanza pública, al contrario que ahora. Pero los hijos de maestros, médicos o farmacéuticos eran los menos, y la mayoría de mis alumnos procedían de familias intelectualmente modestas. Y entre ellos tuve muchos alumnos muy brillantes que salieron adelante mediante un esfuerzo razonable, que bien administrado también les dejaba tiempo para estar con sus amigos o dedicarse a sus aficiones. Y las condiciones materiales eran bastante malas. El instituto carecía de calefacción y algunos alumnos estaban a una hora de autobús que tenía que viajar por unas “corredoiras” infames. Con todo, sí disfrutaban de una ventaja de la cual carecen los estudiantes de ahora: tenían claro que al instituto se iba a aprender, así, directamente (no a aprender a aprender, ni a cultivar la autoestima, ni a controlar las emociones), y que nadie puede aprender sin esforzarse. En definitiva, no se les engañaba.

Pero además, sucede que el nivel de estudios de los padres no es la única variable ni la más decisiva. Yo no pido a los padres que ayuden a los hijos en sus tareas, tan solo que se preocupen de que las hagan y para ello mantengan la televisión apagada y la casa en silencio. Y para darse cuenta que esto ha de ser así no hace falta ser leído, hace falta ser inteligente y generoso, virtudes que no tienen que ver con ser o no instruido. Unos padres no estudiados pero tranquilos y serenos pueden ser más provechosos para un niño que unos padres con estudios pero ruidosos y discutidores. A lo mejor un chico no tiene silencio en su casa, pero sale adelante porque es listo como una ardilla. Otro no es tan listo pero lo compensa con una gran fuerza de voluntad, el de más allá no tiene capacidad de concentración, pero sí la tiene para hacerse amigos, lo cual también es muy bueno para el rendimiento escolar, porque los buenos amigos siempre se ayudan unos a otros. Si hay que rebajar el nivel pensando en quienes tienen padres no estudiados, también habrá que rebajarlo también pensando en quienes tienen un mal ambiente familiar o viven en una calle ruidosa, y a quien sufra ambas circunstancias habrá que hacer doble rebaja. Y si además tiene tendencia a la distracción o no es muy listo, habrá que hacer triple rebaja. Y esto sería ya, o mejor dicho, está siendo cosa de locos. Nadie tiene todos los vientos a favor ni todos en contra, y lo más educativo es hacer ver a los muchachos que la única forma sensata de conducirse, no solo en los estudios sino también en la vida, es apoyarse en los primeros para vencer los segundos, y no empeñarse en hacer rebajas, ni descuentos, ni adaptaciones curriculares que en la vida profesional nadie las va a hacer, y que solo llevan a crear seres irresponsables. Y esto que digo no es una caricatura: hoy en las evaluaciones se pierde más tiempo hablando de la vida privada de los estudiantes y de sus limitaciones que de si sabe o no lo suficiente para aprobar la asignatura. Es más, el estudiante feo y con poco encanto va a recibir más calabazas de sus compañeras que quien es atractivo y con gracia, y cada vez que reciba calabazas le va a entrar una depresión que se reflejará muy negativamente en los estudios. ¿Habrá que calificar con especial indulgencia a los feos para que superen su depresión? ¿O mejor concienciar a las chicas para que hagan discriminación positiva con sus compañeros feos, aburridos y antipáticos? No se rían, por favor, que preferir como parejas a personas atractivas y alegres, y rechazar a quienes no lo son no deja de ser un elitismo imperdonable que atenta contra la igualdad. Además, recibir calabazas es algo que deteriora enormemente la autoestima.

 

Yo no pido a los padres que ayuden

a los hijos en sus tareas, tan solo

que se preocupen de que las hagan

 

El resultado de la pretendida inclusión total está a la vista: por empeñarse en reducir el rozamiento a cero, el tren ya no avanza. Por querer contratar en condiciones de igualdad a los mil obreros, la casa no es construida. Y después de diez años de escolaridad obligatoria ninguno de los estudiantes titulados aprobaría el examen de ingreso que superamos a los diez años las personas de mi generación. Y quien puede se salva a través de la enseñanza privada. La burguesía culta que antaño llevaba sus hijos a la pública, hogaño huye hacia la privada. Y entre quienes huyen a más velocidad están, como no podía ser menos, muchos de los mentores de nuestro sistema educativo, que consideran que lo de la igualdad y la enseñanza inclusiva es para los hijos de los demás, no para los propios. Para los de uno, la enseñanza exigente que promueve la calidad y celebra la excelencia, por muy elitista que esto pueda ser. Como el contratista del local social: contrata a los mil obreros para ir por la vida de progresista, pero gastando el dinero ajeno. Y esto es, sencillamente, mala fe. Como ejemplo de esta mala fe voy a leeros un texto de la periodista Susana Pérez de Pablos, procedente de una entrevista que hizo a Álvaro Marchesi, uno de los padres del desastre educativo español, publicada en El País el 15 de mayo del año 2008:

Marchesi es concienzudo con todo. Tiene un hijo, que vive en Brasil con su madre. Va a verlo cada dos meses, pero le llama por teléfono para tomarle la lección tres veces por semana. En su casa de Boadilla del Monte tiene un ejemplar en portugués de cada uno de los libros de texto que estudia el niño. «Papá, eres un pesado», le dice a menudo, como repite el padre sin ocultar el orgullo.

Cuando se trata del propio hijo todo el mundo se vuelve más pragmático y menos fantasioso. Y si para obligarle estudiar se le ha de tomar la lección (procedimiento tradicional y antiguo donde los haya), pues se le toma la lección. Y si el hijo encuentra que eso es una pesadez por parte de su padre (esto es, en la jerga pedagógica: “si no está motivado”), pues que se aguante, y se le toma la lección igual. Álvaro Marchesi es un padre ejemplar y todos los padres deberían hacer como él: al niño hay tomarle la lección para obligarle a estudiar, esté o no motivado. Y ahora planteo una pregunta para dejarla en el aire: ¿Actúa de buena o mala fe Álvaro Marchesi al defender su reforma?

Quiero insistir un poco más en esta cuestión de la incoherencia entre la actuación pública y la vida privada porque he sido tachado tantas veces de excluyente y elitista que es bueno recordar que todos los somos cuando andan por el medio nuestros intereses. Supongamos que debo operarme y puedo optar entre dos cirujanos. Del primero me consta que las más de sus intervenciones son exitosas, con pocos efectos secundarios y posoperatorios breves. Del segundo, que tiene más fracasos, con más secuelas y largos posoperatorios. Sin duda, me pondré en manos del primero. ¿Es eso elitismo, buscar la excelencia, y excluir profesionalmente al cirujano más inepto? Pues sí que lo es, pero no es en absoluto criticable. Pero sucede que el segundo cirujano, al ver que pierde pacientes en favor del primero, verá su autoestima muy deteriorada. Pues me da mucha pena, pero más deteriorada se va a quedar la mía si salgo de la operación peor de lo que estaba. A lo mejor no es buen cirujano no porque ponga menos empeño que el otro, sino porque tuvo menos oportunidades de mejorar y de salir al extranjero. Pues me da todavía más pena, y estoy dispuesto a luchar para que todos los aspirantes a cirujano tengan las mismas oportunidades, pero no pienso paliar la injusticia dejándome operar por él. ¿Y si el cirujano chapucero es mujer, haría alguien discriminación positiva? Ni la feminista más radical la haría. El ejemplo del cirujano es un poco extremo porque está en juego la vida, pero sucede que siempre que necesito un profesional, sea fontanero o abogado, busco el más competente de entre aquellos que están a mi alcance. Si un abogado no atiende bien mi caso porque tiene mal ambiente familiar, graves dificultades en su vida privada y severos problemas psicológicos, ni yo ni nadie le encargaría la defensa de sus intereses por más que él no sea responsable de ninguna de sus limitaciones. Es más, ponerse en manos de un buen abogado y rechazar al malo es fomentar la competitividad, cosa que constituye gravísimo pecado, como todo el mundo sabe. Entonces, no seamos hipócritas. Si en nuestra vida privada todos somos elitistas, buscamos la excelencia y no acudimos a profesionales chapuceros, por más que esto fomente la competitividad y la exclusión ¿por qué ir por la vida poniendo cara de que somos igualitarios y aborrecemos el elitismo? Es cierto que si un cirujano inepto comete un delito ha de ser juzgado con las mismas garantías procesales que si fuera un cirujano avezado, porque ante la ley sí somos todos iguales. Pero como profesionales, ¡qué le vamos a hacer! no lo son. Hay escritores buenos y malos, a los primeros los leemos y los otros se hunden en un tristísimo y frustrante olvido. Hay futbolistas buenos y malos, los primeros reciben aplausos y ganan dinero, los segundos tienen que dejarlo y dedicarse a otra cosa. Hay médicos buenos que diagnostican bien y curan, y médicos malos que no saben hacer ni lo uno ni lo otro. Y, lamentablemente, también hay alumnos buenos y malos. Negar esta triste realidad o diciendo, como dicen tantos pedagogos que “no hay malos alumnos, hay alumnos con dificultades de aprendizaje” es como negar que haya malos médicos diciendo que tan solo “tienen dificultades para alcanzar un diagnóstico correcto”. Pienso que viene muy a cuento recordar el artículo 6 de la Declaración de los Derechos del hombre y del Ciudadano, proclamada por la Asamblea Nacional Francesa en el año 1789:

“Puesto que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, cada cual puede aspirar a todas las dignidades, puestos y cargos públicos, según su capacidad, y sin más distinción que la de sus virtudes y su talento.”

He hablado un poco de pasada de competitividad. Los enemigos de la educación de calidad sostienen que una escuela que inculca el hábito del trabajo y del esfuerzo es una escuela “competitiva”. Y con esto ya se descalifica el trabajo y el esfuerzo. Como si hacer ver a los pacientes que han de esforzarse en seguir las indicaciones de los médicos, fuera propugnar una sanidad competitiva. Pero la competitividad no es mala en sí misma, sino propia de sociedades libres e igualitarias. En una sociedad de clases, por listo y trabajador que fuera un plebeyo y tonto y holgazán que fuera un noble, siempre quedaría el segundo por encima del primero. ¿Por qué? Porque nunca pueden competir (sí: competir) en igualdad de condiciones. La competitividad es la esencia de la democracia: Franco acabó con la competitividad fusilando a sus competidores, y no tuvo que competir con nadie para mantenerse en el poder durante cuarenta años. Se puede competir por medios buenos o malos, pero la competencia es inevitable. Los partidos que aspiran al poder pueden competir mediante elecciones libres o mediante guerras civiles. Quienes compiten por un puesto de funcionario pueden hacerlo mediante una oposición libre, abierta a todo el mundo, con reglas claras y explícitas, o mediante enchufes y recomendaciones. Quienes aspiran al amor de una misma chica pueden competir multiplicando sus atenciones para con ella o hablándole mal del otro pretendiente. Pero en cualquiera de los tres casos, se ha de competir. Pero sucede que el estudio y el aprendizaje es lo menos competitivo que existe, porque lo que aprende uno también lo puede aprender otro. Los contenidos del saber no son como el alimento en tiempo de escasez, que lo que come uno no lo puede comer el otro. Si así fuera, habría que meter en la cárcel a las personas muy cultas, por acaparadoras. No, el saber es una materia prima inagotable porque cualquiera puede aprender y estudiar sin lesionar por ello las posibilidades de aprender y estudiar de los demás. Si un chico estudia y hace las tareas escolares ¿impide a los demás que hagan lo mismo? Si atiende y está correctamente en clase ¿dificulta el aprendizaje de sus compañeros? Más bien se lo facilita, contribuyendo a un buen ambiente en clase. Es verdad que quien estudia y aprende saldrá más preparado frente a la vida que quien no hace ninguna de las dos cosas, pero decir por ello que la enseñanza es competitiva es como decir que la sanidad es competitiva, porque quienes obedecen a los médicos tienen mejor salud que quienes no los obedecen.

 

¿Somos iguales Einstein y yo?

Pues no, qué le vamos a hacer

 

Ahora quiero tocar una cuestión más delicada, pero se ha de abordar sin miedo a ser políticamente incorrecto, y sobre todo, sin empeñarse en diluir las diferencias cambiando las palabras. Es el tema de quienes tienen una minusvalía diagnosticada. No hablo de parálisis o de limitaciones que no alteran nuestra capacidad de conocimiento. Para estos es suficiente con facilitar los accesos. Hablo de personas, por ejemplo, con síndrome de Down o de ciegos. Y quiero aclarar antes de seguir que uso deliberadamente la palabra “ciego”, aunque a veces he recibido reproches por usarla, por lo visto es políticamente incorrecta. Mejor decir “invidente”. Pero la palabra invidente es fea, empieza ya con una partícula negativa. “Ciego” es una palabra mucho más hermosa y además con bellas resonancias literarias: hablamos de “romances de ciego”, y estarán ustedes de acuerdo en que sería muy cursi decir “romances de invidente”. Y otra cosa también muy delicada, pero que no se puede obviar si queremos abordar de un modo efectivo la educación de personas con minusvalías: ser ciego o tener síndrome de Down es una limitación, no una característica cualquiera como ser rubio o moreno. Digo esto porque hay quienes consideran que la igualdad entre los minusválidos y los que no lo son se consigue, no ayudando a los primeros en ir lo más lejos posible a pesar de su minusvalía, sino simplemente en negar la minusvalía. Son las personas a las que aludí antes que creen que cambiando de nombre una barrera se suprime la barrera. Pero no es así: mejor carecer de síndrome de Down que tenerlo, y mejor ser vidente que ciego. Igual que es mejor ser guapo que feo, listo que tonto y rico que pobre. A mí me hubiera encantado poseer la inteligencia de Aristóteles, el físico de George Clooney y el patrimonio de los duques de Alba, pero sucede que nací feo, pobre y tonto, y con estas limitaciones tengo que aprender a vivir. Por supuesto que podría disfrazar esta realidad sosteniendo que soy más rico que los Alba porque tengo un corazón de oro, que no soy más feo que George Clooney, sino que poseo una hermosura exótica, y que tampoco Aristóteles era más inteligente que yo, lo que sucede es que nuestras inteligencias son distintas. Pero eso sería el consuelo de los tontos, y entonces sería yo más tonto todavía.

Entonces se trata de ayudar a las personas con minusvalías para que estas les limiten lo menos posible y puedan integrarse en la sociedad casi tan bien como quienes carecen de la minusvalía. Y para ello, lamento parecer tan cavernícola, pienso hay que dar una educación especial. Y esto no es segregar, al contrario, es darles las herramientas para que al finalizar su educación no sean segregados.

En un curso, en cierta ocasión, tuve una niña con síndrome de Down. Como era impensable que siguiera la explicación igual que los demás, la atendía a ratos sueltos mientras a sus compañeros los ponía a hacer problemas. Algo conseguí, pero esa niña no estuvo bien atendida. Y no es que me molestase trabajar con ella, al contrario, era muy agradecida y demostraba gran entusiasmo al entender algo, pero sucede que ni un profesor ni nadie puede hacer dos cosas a la vez, por lo menos si se quiere que las cosas se hagan bien. Pensé a lo largo del curso los buenos resultados que podría tener yo en una clase con una docena de niños con síndrome de Down, porque trabajando con esta alumna se me ocurrieron algunas ideas que podrían funcionar. Una de ellas es el cálculo con las manos que se hacía en la Edad Media, cuando munchas personas analfabetas tenían que hacer cuentas. Es cierto que no es lo mismo ser analfabeto que tener síndrome de Down, pero ambas cosas requieren practicar mucho la memoria. El primero porque no sabe apuntar las cosas, el segundo porque la tiene muy frágil, y aprender ciertas reglas nemotécnicas usando las manos les es muy útil. Además, tener juntos a los niños con Down separados de los demás facilita la tarea porque el profesor puede dedicar toda su energía a enseñar sin desperdiciar ninguna en mantener el orden, porque estos chicos no son nada alborotadores, son muy “guiadiños”, como decimos en Galicia.

 

La realidad no se mejora ignorando

sus limitaciones, sino haciéndoles frente

y sacando el mejor partido de ellas

 

Una experiencia parecida tuve con ciegos. En más de una ocasión tuve ciegos, y también la misma frustración de ver lo mucho que dejaban de aprender y lo mucho que podría yo enseñarles si tuviera una clase solo con ciegos. Por ejemplo, aprendemos matemáticas en gran parte con la vista, por ellos comenzamos con geometría plana, que se ve mejor, y después con geometría del espacio. Pero para los ciegos un instrumento fundamental es el tacto. ¿No se podría hacer un programa especial, empezando con la geometría del espacio? Mediante el tacto se puede tener una idea muy clara del cilindro, y desde ella llegar a la de la circunferencia, porque circunferencias son las bases del cilindro. Y con un sistema de fichas se podría llegar muy lejos en teoría de números, sin contar la cantidad de trucos que existen, muchos de ellos también de origen medieval, para el cálculo mental. Insisto en esto del origen medieval: en contra de la obsesión de pedagogos vanguardistas e innovadores de rechazar lo pasado por obsoleto y caduco, hay que saber mirar hacia atrás. El mundo es muy antiguo, la raza humana habita nuestro planeta desde mucho antes de que naciéramos nosotros, y sobre muchas cosas ya se ha pensado y discutido mucho. No estoy muy seguro de que todas estas estrategias sean originales, a lo mejor los profesores especializados en enseñar a ciegos las usan ya. Tampoco estoy seguro de que sean efectivas, porque poco pude llevarlas a la práctica con mis alumnos ciegos, sencillamente porque no puedo explicar dos programas distintos a la vez. Pero sí estoy seguro de que si me hubieran dejado trabajar en una clase solo de ciegos, doce o quince como mucho, hubieran aprendido mucho más. Pero insisto una vez más, al aprender más habrían ido más lejos a pesar de su ceguera, pero seguirían siendo ciegos y por ello algunas profesiones les estarían inevitablemente vedadas. Por ejemplo, nadie se dejaría operar por un cirujano ciego. Esto es muy frustrante, qué duda cabe, y es una frustración que no solo entiendo muy bien sino que participo de ella. Yo tampoco puedo ser cirujano porque soy lento de reflejos y, lo que es peor, me marea la sangre. Tengo ahora delante de mí dos posibilidades: negar que tengo esa limitación y considerar que soy víctima de una segregación injusta y vivir amargado, o intentar vivir alegremente dentro de mis limitaciones que, por cierto, son muchas. De algunas de ellas hablaré a continuación.

Empecé mi carrera de matemáticas, como tantos otros jóvenes, con la ilusión de ser un Einstein. Me quedé en un modesto profesor de instituto. Y he procurado ser en mi oficio lo más feliz que he podido, pero no soy Einstein. Y Einstein, me guste o no, es un ser claramente superior a mí. Él figura en la historia de la ciencia, con toda justicia, y yo, con idéntica justicia, no figuro. ¿Somos iguales Einstein y yo? Pues no, qué le vamos a hacer, y negar la evidencia no arroja ninguna luz sobre la realidad. Y no hacen falta ejemplos tan extremos: compañeros míos de carrera, más listos que yo, hacen investigación puntera y publican en revistas de prestigio internacional. Las pocas ideas que se me ocurren a mí, en cambio, son modestas y aparecen en revistas modestas creadas por un grupo de amigos que casi somos sus únicos lectores. ¿Es una injusticia que las revistas internacionales discriminen a los matemáticos mediocres? Pues no, no lo es, por mucha frustración que esto nos genere a las personas mediocres y vulgares que, lamentable pero evidentemente, estamos en aplastante mayoría. La élite es minoritaria, pero si se suprime la élite por aquello de la igualdad, los mediocres no tendríamos de quien aprender y seríamos más mediocres todavía. Nadie saldría ganando, salvo los envidiosos. También me matriculé en el conservatorio, y ya en segundo de solfeo me enseñaron la puerta: “Mira chico”, me dijeron, “el Señor, en sus inescrutables designios, no te ha llamado por este camino”. Una pena, me hubiera gustado ser Arthur Rubinstein y me quedé en Ricardo Moreno, que es algo mucho más vulgar y mucho más prosaico. Soy un ser corriente, insignificante, vulgar y prescindible ¿Puedo considerar esto una injusticia que se ha cometido conmigo? ¿Será esto segregación? Pues lo será, pero cualquier amante de la música, dispuesto a pagar por escuchar a Rubinstein, estaría también más que dispuesto a pagar por no escucharme a mí. Qué le vamos a hacer, y el piano nunca podrá ser para mí más que una modesta afición privada. Claro que esta afición ha tenido la indudable ventaja de que mis hijos se han emancipado enseguidita. No, yo no puedo ser Einstein porque carezco de su inteligencia, no puedo ser músico porque carezco oído y no puedo ser obispo porque carezco de fe. Y a mí me habría encantado ser obispo, pero sucede que los seminarios son tan elitistas y excluyentes que discriminan a los ateos. ¿Pues como podría ser de otra manera? Por muy escasos que anden de vocaciones, no creo que deban bajar el nivel hasta el punto de ordenar a ateos. Sería una cosa muy poco seria que no aprobaría ni el teólogo más vanguardista.

Aún a costa de aburrir, insisto en que no somos iguales, hay buenos profesionales y malos profesionales, buenos artistas y malos artistas, buenos estudiantes y malos estudiantes, buenas personas y malas personas. Y negar la realidad, por muy sórdida que pueda ser la realidad, es inútil y además letal, sobre todo si de lo que se trata es de mejorar la realidad. La realidad no se mejora ignorando sus limitaciones, sino haciéndolas frente y sacando el mejor partido de ellas. No sé si han visto ustedes por las librerías un libro de un tal Fernando Alberca titulado Todos los niños pueden ser Einstein. Hay otro con un título no menos sugestivo, Libera al Einstein que llevas dentro, de Ken Gibson, Kim Hanson, Tanya Mitchell. No los he leído, pero ya el título es una falacia. Es verdad que trabajando a fondo se pueden descubrir posibilidades insospechadas en uno mismo. También lo es que aun siendo Einstein hay que esforzarse para sacar a flote la genialidad. Pero por favor, tampoco sostener disparates ni crear ilusiones que luego desembocan en frustraciones. Y es muy importante señalar estas falacias porque es una corriente pedagógica muy en boga la de considerar que quien no puede hacer algo es porque es víctima de una injusticia: todos podemos aprender cualquier cosa, ser estupendos, creativos, geniales…y quien sostenga lo contrario es elitista y excluyente. Además, es una falacia que dista mucho de ser original, aunque sus mentores no se hayan percatado de ello. Esto les sucede con frecuencia a las personas muy ansiosas por parecer especiales y novedosas. Como están tan atareadas diciendo cosas originales no tienen tiempo de estudiar historia, y por ello no se enteran de que sus originalidades son muy poco originales. A los autores de estos libros les habría resultado muy provechoso leer a Voltaire, quien en una carta de Voltaire fechada en 22-XII-1760 y dirigida a D’Aquin de Château-Lyon dice lo siguiente:

Me citáis a M. de Chamberlain, al cual (según decís) he escrito sosteniendo que todos los hombres nacen con idéntica porción de inteligencia. Dios me guarde de escribir semejante falsedad. Desde los doce años pensé todo lo contrario. Ya entonces adivinaba la enorme cantidad de cosas para las que no tenía ningún talento. Me di cuenta de que mis capacidades no me iban a llevar demasiado lejos en matemáticas. Comprobé que no tenía ninguna disposición para la música. Dios ha dicho a cada hombre: podrás ir hasta allá, pero no más lejos. Sí tenía cierta facilidad para las lenguas europeas, ninguna para las orientales: non omnia possumus omnes. Dios ha dado el canto a los ruiseñores y el olfato al perro. Y con todo, hay perros que no lo tienen. ¡Qué extravagancia pensar que todo hombre habría podido ser Newton! ¡Ah, señor! Ya que antaño estabais entre mis amigos, no me atribuyáis semejantes despropósitos.

Y con este hermoso y lúcido texto concluyo mi intervención. Muchas gracias.

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