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Nov 09

La nueva alfabetización y el buen criterio

Rosalía Aller Maisonnave

 

El término “neoalfabetización” ya no es nuevo. Aunque el Diccionario académico aún no lo recoge, la pionera red de redes le confiere numerosas entradas, muchas de ellas en el Google Académico, cuya consulta –dicho sea de paso– recomendamos.

Según la UNESCO, el concepto de “alfabetización” tiene numerosas implicaciones, más allá de la enseñanza de la lectoescritura. Esta organización considera “la adquisición y el perfeccionamiento de las competencias de lectoescritura a lo largo de toda la vida como parte intrínseca del derecho a la educación”. Asimismo, hace referencia a su “efecto multiplicador”, pues permite que los pueblos participen plenamente en la sociedad, pero también la considera una “fuerza motriz del desarrollo sostenible”, al favorecer una mayor participación de las personas en el mercado laboral, mejoras en la salud y la alimentación, reducción de la pobreza y ampliación de sus oportunidades de desarrollo.

 

Entre las enseñanzas hemos de incluir,

junto a los conocimientos sólidos,

estrategias que favorezcan el desarrollo

del espíritu crítico

 

Un paso más se ha dado en las últimas décadas y podría decirse que estamos ante una nueva forma de alfabetización: la que ha de preparar para la comprensión e interpretación de un mundo donde lo digital, siempre mutante, ha adquirido un desarrollo exponencial y se ha imbricado de tal forma en nuestras vidas que ya no podemos –quizás tampoco queremos– escapar a sus redes, metafórica y realmente hablando.

En este contexto, urge una nueva forma de enseñanza, la llamada “neoalfabetización”. Los ciudadanos deben aprender a descodificar lenguajes desconocidos, a descifrar los códigos subyacentes tras la inabarcable información. Y los educadores debemos reclamar la parte que nos corresponde en esta tarea

Vayamos a la actualidad. Vivimos un momento crítico, ante la amenaza de desgajamiento de una parte no menor de España y sus consecuencias nefastas para todos. El proceso se ha ido cociendo a fuego lento durante décadas, gracias a la complacencia cómplice de quienes estaban llamados –por responsabilidad de su cargo– a contenerlo y mediante una (casi) perfecta operación con la que se ha pretendido ocultar la fea cara del interés personal, económico y político de algunos bajo una capa de maquillaje más cubriente que el de una geisha. El acicate continuo a las bajas pasiones cainitas ha hecho el resto.

Pero seguramente no habría llegado tan lejos sin la invalorable ayuda de los cipayos del siglo XXI: los mass media afines y las cada vez más poderosas redes sociales. Cierto alivio nos da ver hoy que, a veces, “donde las dan, las toman”, como dice el sabio refranero español. Al menos en algunos casos puntuales de fotos impresionantes o historias rocambolescas que eran auténticos fakes, es decir, montajes, anuncios falsos, cuya burda mentira ha quedado al descubierto precisamente gracias a los cibernautas. Las mismas redes que han difundido ad infinitum y sin sonrojos anuncios proféticos –que la fuga de bancos y grandes empresas está desmintiendo estrepitosamente– y soflamas sobre un mundo “ideal”, donde todos serían felices y que reduciría a un pobre arrabal la isla Utopía de Tomás Moro.

En ese duro contexto, marcado por un maniqueísmo injusto y criminal, muchos alumnos y profesores, por no comulgar con los eslóganes que la intolerancia pretende imponer, por hablar la lengua común que une a toda España y, allende fronteras, a millones de hablantes, han sido estigmatizados como parias. Hoy vemos que las mismas redes donde su voz no se oía, comienzan a reproducir palabras serenas, aunque firmes, y consignas de unión que presentarán, a intoxicados ciberlectores de otras tierras, la otra cara de la luna.

Educar es asunto de vocación, pero también una gran e irrenunciable responsabilidad. Entre las enseñanzas verdaderamente útiles que impartimos a los alumnos, hemos de incluir, junto a los conocimientos sólidos para enriquecimiento de su acervo intelectual y cultural, estrategias que favorezcan el desarrollo del espíritu crítico, la búsqueda de la verdad más allá de las imágenes, muchas veces tan impactantes como distorsionadoras. La lectura entre líneas –virtuales– de la ingente masa informativa, orientada por el buen criterio, hará sus mentes menos permea­bles al engaño y les permitirá separar la paja del trigo.

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