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Jul 17

La posverdad… y otras mentiras

Rosalía Aller Maisonnave

 

Que nos diga entonces Tisias si, a su juicio, lo verosímil

es otra cosa que la opinión de la muchedumbre.

Platón, Fedro, 273b

 

Mala prensa tiene hoy el término “mentira” –no así el concepto–, tanta que parece haber devenido palabra tabú y ha debido ser sustituida, mediante la figura retórica del eufemismo, por otro vocablo que atenúe su significado peligroso: “posverdad”. La Real Academia Española aún no recoge el término en su Diccionario, pero como corren vientos de tolerancia e innovación lingüísticas irrestrictas, todo se andará. Quizás el estigma bíblico consagrado en el octavo mandamiento, que prohíbe faltar a la verdad, haya ido calando subrepticiamente en tirios y troyanos. Puede ser.

Resulta sorprendente la composición del vocablo con el prefijo pos-, que significa “detrás o después de”, porque ¿qué hay detrás o después de la verdad? ¿Más verdad? ¿O mentira monda y lironda? ¿No habría sido más ajustado emplear un prefijo que indicara meridianamente que verdad y mentiras son antónimas? Una idea que expresarían los prefijos griegos a-, ana-, anti-, dis- o el latino des-. Pero no. Tenemos la piel demasiado fina para hablar tan claro y, además, se trataba de ocultar la realidad que el vocablo esconde, no de mostrarla.

 

La educación no podía quedar al margen

de los efectos “posverdaderos”

 

El prestigioso Diccionario Oxford la ha considerado palabra del año y la ha definido como un término “relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”. El contexto de su uso frecuente ha sido el Brexit y las elecciones presidenciales en Estados Unidos, porque, en definitiva, el debate político no tiene por objeto la verdad, sino la victoria.

 

 

Encuentra este Diccionario los orígenes del término en 1992, en un artículo de Steve Tesich, escritor y guionista norteamericano de origen serbio, sobre la primera Guerra del Golfo, publicado en la revista The Nation. Pero luego ha sido reiteradamente empleado por ensayistas, sociólogos, periodistas, blogueros.

Numerosos artículos saltan en la web en cuanto escribimos el neologismo “posverdad” o post-truth, que viste más. Uno de ellos hace referencia a Kellyanne Conway, jefa de campaña del actual mandatario estadounidense, quien acuñó el concepto complementario de “hechos alternativos” o alternative facts, vulgares mentiras respaldadas por un descomunal aparato propagandístico. Imposible disociarlo de aquella frase atribuida a otro jefe de campaña, Joseph Goebbels, figura clave en el ascenso de Hitler al poder: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Nihil novum sub sole.

 

Verosimilitud y verdad vuelven

enfrentarse en el ciberespacio

 

Esto de la mentira con solera es de larga data. Baste recordar el término “sofisma”, que según el Diccionario académico significa “razón o argumento falso con apariencia de verdad”. El sofista Gorgias, conocedor acerado del influjo de la palabra poética sobre el alma, dijo que la “fascina, convence, seduce y trasforma con una ilusión mágica”. A estos maestros del siglo de Pericles debe la Retórica el lugar destacado que alcanzó en la educación de los jóvenes atenienses. Pero Platón reaccionaría contra la manipulación de las conciencias que puede llevarse a cabo gracias a la capacidad seductora de la palabra y distinguiría la retórica falsa, que solo busca la apariencia de verdad y emplea argumentos falaces, de la verdadera, que encamina a las almas hacia el descubrimiento de la verdad a través de la dialéctica. Y conste que la Retórica –arte y disciplina, columna secular del pensamiento y la expresión– ha llegado hasta nuestros días convertida en lugar de encuentro de diversas corrientes de teoría literaria, revitalizada asimismo por la publicidad y la política.

La educación, un campo donde se libran diversas lides ajenas a su finalidad, no podía quedar al margen de los efectos “posverdaderos”, ya que la combinación de hechos objetivos con emociones es uno de los mantras de la pedagogía actual. La ola del naming, proceso mediante el cual se crea un nombre para una marca, ha invadido también el terreno de la enseñanza. Y entre esos términos obligados, la “innovación educativa” ha alcanzado tal peso por sí misma que se ha convertido en un verdadero must have (“debes tener”), una prenda de fondo de armario de toda la vida, pero con nombre inglés.

Nuevos nombres para nuevos métodos y estrategias que formarán a una generación nueva constituyen una oferta muy persuasiva para el profesorado, aunque detrás del cartel publicitario no haya nada o, al menos, nada verdaderamente nuevo.

En un momento en que voces presuntamente autorizadas difunden mensajes vacuos, es necesario recordar que la educación no puede basarse en “hechos alternativos” ni mentiras, sino en evidencias. Más que nunca ha de apostar en estos momentos por el desarrollo del pensamiento crítico de los alumnos, para que sepan discernir en medio de la maraña (des)informativa digital. Si ahora el conocimiento está al alcance de quien tenga a mano un teclado o un móvil –y esto es una impresionante conquista– en la misma proporción los niños y jóvenes se encontrarán abocados a un maremágnum de confusión en las redes sociales, debido al alud de charlatanes que multiplican mensajes sin asidero e incluso perniciosos, en un atractivo envoltorio.

Verosimilitud y verdad vuelven a enfrentarse en el ciberespacio, un ámbito donde los clásicos, fecundos en imaginación, no habrían situado a sus deidades Ápate, la personificación del engaño, enfrentada a Aletheia, diosa de la verdad. Cuando la apariencia cuenta más que la esencia, la educación se ve abocada a una gran tarea: la de despertar las mentes, para que, por sí mismas, sean capaces de separar la paja del trigo. La endogamia de la web, encubierta en su inmensidad, facilita grandes grupos de opiniones tan homogéneas como infundadas, que construyen macro falacias.

Y para terminar, un aviso a navegantes en este proceloso mar educativo-digital: no solo no han de desterrarse ni menospreciarse el estudio, el esfuerzo, la investigación personal como medios de adquisición y decantación del conocimiento, sino que hoy deben estimarse sobremanera. Los nuevos lectores de mundos virtuales han de ser más zahoríes que nunca, pues deben adivinar los mensajes ocultos, jerarquizar ideas, encontrar la información que merece la pena integrar a su acervo intelectual y emocional, sin dejar que lo último sea una espesa nube que todo lo oculte. Leer entre líneas, se decía antes. Ahora hay que leer entre redes y esto requiere inteligencias despiertas, no adormiladas por el espejismo de lo lúdico.

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