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Jul 19

El lenguaje, la neolengua, la tiza y el pizarrín

Carolina Fernández del Pino Vidal

 

El lenguaje lo definió Sapir como el método exclusivamente humano, y no instintivo, de comunicar ideas, emociones y deseos por medio de un sistema de símbolos producidos de manera deliberada.

Es un sistema que una comunidad humana creó, aceptó y a lo largo de su andadura como grupo humano ha ido adaptando a su realidad cambiante. Es evidente que esta adaptación es necesaria para poder identificar, explicar y transmitir nuevas realidades o modificaciones a las antiguas.

Un lenguaje político… diseñado para

que las mentiras parezcan verdades

 

Por ejemplo la palabra “siesta”, del latín sexta, designaba la hora sexta, la tercera de las cuatro partes en que dividían los romanos el día y comprendía desde el mediodía hasta la media tarde. Luego pasó a significar el tiempo después del mediodía, en que aprieta más el calor, para después pasar a referirse al tiempo destinado a descansar después del mediodía. Hoy se llama siesta al sueño que se toma después de comer y al tiempo destinado para dormir o descansar, después de comer.

Y así una palabra destinada a referirse a un momento del día pasó a utilizarse para hacer referencia a lo que ocurre durante ese tiempo.

La adaptación de las palabras y el lenguaje a nuevas realidades es un hecho necesario y que ocurre casi sin que los usuarios se den cuenta. Normalmente son cambios evolutivos que se producen a lo largo de un periodo prolongado alejándose poco a poco, como la vida misma que reflejan, de su acepción original.

Sin embargo, también existen otras causas detrás de ciertos cambios en los significados y en el modo de utilizar ciertas palabras y expresiones que no son tan “naturales” o “evolutivas”, sino mucho más interesadas y dirigidas.

En su libro 1984, George Orwell introdujo el “neolenguaje” o “nuevahabla”, ideado para que el poder político o grupos de poder pudiesen dominar el pensamiento de la población. Se basaba en despojar a las palabras de sus significados peligrosos, de reducir el lenguaje y el vocabulario a la mínima expresión.

Desde el punto de vista psicológico aplica el conductismo, donde lo exterior modifica el interior, y así sin palabras, sin lenguaje, el ser humano es privado de la posibilidad de pensamiento y análisis.

Un lenguaje político… diseñado para que las mentiras parezcan verdades, el asesinato una acción respetable y para dar al viento apariencia de solidez, afirma George Orwell.

Hoy en día el hábito de disfrazar la realidad está plenamente instalado en nuestra sociedad, donde subidas de precios se convierten en reajustes o revisiones de precios, y los empresarios, en emprendedores. Lo aceptamos sin pestañear.

 

El hábito de disfrazar la realidad

está plenamente instalado en nuestra sociedad

 

Lo que puede ser anecdótico se torna peligroso cuando esta manipulación va más allá del telediario y se utiliza para manejar no solo la forma de expresar la realidad sino la realidad misma.

Los profesores vamos a sesiones de evaluación, pero ya no evaluamos lo que los alumnos saben o no saben sino que valoramos competencias o destrezas o lo que toque. No impartimos clase, sino que creamos entornos donde el alumno puede adquirir (no confundir con comprar) el “saber hacer”. Ya no somos profesores, somos facilitadores para que nuestros alumnos construyan su aprendizaje. Los alumnos evidentemente no incurrirán  en pecados tales como la utilización de ejercicios de memoria ni se automandarán deberes.

Somos francamente inútiles si no convertimos el aprendizaje de la tabla de multiplicar, el verbo to be y las reglas más elementales de la gramática en una actividad lúdica y relajante.

Negar que nuestra sociedad y nosotros mismos no esperamos lo mismo que nuestros padres de los centros educativos sería ridículo. Pero pretender que se conviertan en centros lúdicos donde si de paso aprenden, mejor, es francamente peligroso.

Todas las palabras que se inventan, reinventan y prohíben en la política de la educación son solo intentos de disfrazar la realidad. Los centros educativos fueron crea dos y se mantienen con mucho dinero público para educar a todos los ciudadanos de nuestra nación en un intento de que todos tengan las mismas oportunidades. Además, en este mundo de globalización, no solo las mismas oportunidades que sus conciudadanos, sino también las mismas que los alumnos de otros países desarrollados.

Para poder empezar a intentarlo sería bueno que nos dejasen de marear con metodologías, enfoques y los tan apreciados cambios e innovaciones.

Soy una convencida del valor de las nuevas tecnologías, pero sigo sin entender cómo voy a enseñar a los alumnos el verbo to be con el ordenador de forma que aprovechemos mejor el tiempo y lo memoricen, para que no tengan que estar aprendiéndolo todos los días de nuevo. La falta de conocimientos básicos impide que podamos avanzar y pasar a disfrutar de lo aprendido, utilizándolo para actividades mucho más interesantes y enriquecedoras.

Todo esto para llegar a donde iba. David Calle, el español que puede llegar a ser considerado el mejor profesor del mundo, usa tiza y pizarrín. Es un docente interesante, motivador, que domina perfectamente su materia y transmite su interés y pasión a miles de admiradores escribiendo sobre una pizarra.

Todo alumno debería tener el mejor profesor del mundo. Yo lo tuve, y espero haberlo sido para algunos de mis alumnos. Pero el que fue el mejor profesor del mundo para mí, el que me abrió ventanas y puertas hacia un mundo extenso e interesante y me convenció de que ese mundo me estaba esperando, ni siquiera utilizaba la pizarra, nos dictaba, nos hablaba, exigía lo mejor de cada uno de nosotros y nos mandaba deberes, muchos deberes.

Además, no fue el mejor profesor para todos mis compañeros. Lo fue para muchos pero no para todos, porque no hay una fórmula mágica.

 

El neolenguaje educativo pretende convencernos

de que todos los cambios e innovaciones son

buenos, necesarios e imprescindibles

 

El neolenguaje educativo pretende convencernos de que todos los cambios e innovaciones son buenos, necesarios e imprescindibles. Es un intento conductista de desterrar la experiencia enriquecedora de enseñar y aprender, de devaluar al profesorado, porque tal vez la influencia que podemos ejercer nosotros y nuestros conocimientos podría provocar el pensamiento.

Porque el pensamiento debe ser libre, debe explorar y no debe temer examinar todos los rincones, aunque sea para luego juzgarlos inadecuados o incorrectos. El pensamiento debe volar y no debe ser atado por un neolenguaje ni por lo políticamente correcto, un nuevo tipo de dictadura que nos encamina al sometimiento de opiniones ajenas impidiendo que podamos aplicar nuestra propia moral y ética.

El neolenguaje o nuevahabla que asedia nuestra profesión con tantas teorías lucrativas de pseudo-profesores aturde a toda la comunidad educativa, de tal manera que empleamos nuestro tiempo en intentar entender qué hacemos mal o qué no hacemos bien, nos obliga a llevar a las aulas teorías que nos hacen fracasar una y  otra vez, de modo que muchos, envueltos ya en esta bruma de medias verdades y farsas bien construidas, nos olvidamos de que en realidad nosotros tenemos la clave para cumplir con nuestro cometido. Somos profesores y debemos enseñar para que nuestros alumnos aprendan. Y algunos aprenderán y otros no aprenderán lo suficiente y necesitarán más tiempo.

Podremos utilizar todas las innovaciones, podremos referirnos a “examinar” utilizando muchas palabras distintas para no herir sensibilidades, podremos sustituir “no aprobado” por “casi aprobado”, pero al final, cuando la puerta del aula se cierre, seremos nosotros quienes desde nuestra especialidad, utilizando la tiza y el pizarrín que en ese momento se estile, podremos enseñar a nuestros alumnos cuanto van a necesitar no solo para enfrentarse a la vida que les espera sino también para volar utilizando su pensamiento libre como alas.

La más bella de las profesiones no necesita maquillaje.

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